sábado, 5 de junio de 2010

PALABRAS


Amaro era de Veigadana, al lado de Porriño. Onofre era de Portezuelo, al lado de Plasencia. Y esto que os cuento fue hace bastantes años, cuando todos andábamos por la cuarentena y trabajábamos en Fertiberia, en una planta de Avilés. Allí los turnos de noche tenían aquel aire turbio de la ría; una zona industrial lo llena todo de humo pegajoso, cuando no corre el aire, lo respiras, te suenas la nariz y allí queda aquel rastro negro de detritus. Amaro y Onofre se llevaban tan mal que cuando se miraban sus ojos se lanzaban rayos y centellas. Amaro era el maquinista de los vagones cargados de sacos de abono, los arrastraba hacía la báscula con su ruidosa máquina Diesel. Los dos se comunicaban por una emisora de radio portátil. La cosa consistía en dejarlos perfectamente situados y alienados sobre una marca de la vía móvil de la báscula. Pues bien, Onofre tenía el puesto de la cabina de pesada, y cuando el vagón estaba perfectamente situado sobre la marca para pesarlo, le decía a Amaro: ¡sooooo!; y cuando le faltaba un poco por llegar, le decía: ¡arreeeee!, o: ¡burroooo, arreee!, o: ¡burrooo, soooo! Aquel día, que el aire estaba tan denso, y que las luces del puerto de Avilés, parecían un árbol de navidad, aunque fuese una noche de julio; Amaro entró en la cabina de Onofre, y sin mediar palabra, y tan desprevenido como estaba, le dio un soberbio puñetazo en la cara. Onofre, quedó allí tendido, medio aturdido, sangrando abundante por la nariz. Minutos después, por la emisora de Amaro se oían aquellas bucólicas y suaves ordenes: ¡un poco p’adelante!, ¡un poco p’atrassss! Las noches, al lado de la ría de Aviles, parecen hermosas, porque las luces se reflejan en la ría, las hay de todos los colores, y porque no se ve el humo de las baterías de cock, subir blancas como tripas hacia el cielo, aunque se pueda coger denso sobre las cabezas. Durante muchas noches, los vagones repletos de sacos de abono, siguieron acercándose a la báscula, y lo que la emisora decía, era un pequeño lamento de odio contenido, no había: ¡burrooo, soooo!, ni: ¡burroooo, arreee!, eran simples: ¡un poco p’adelante!, ¡un poco p’atrassss!.
Las relaciones humanas dependen, casi siempre, de la interpretación que se les de a las palabras.

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