lunes, 14 de junio de 2010

CACOFONÍA


Le dejé el manuscrito un jueves de septiembre. Lo recuerdo bien por la ilusión que me hizo. En estos casos es normal que la imaginación se desborde por el hecho de que, por fin, puedes publicar algo que has escrito y que otros puedan leer -Es el ego que tienen poetas, ensayistas, escritores [etcétera]; en general, muy egocéntricos e infantiles-. El Sr. Silverio estaba allí sentado, tirado hacía atrás, en su sillón de cuero, mirándome. Supongo que habría detectado en mi forma de hablar el nerviosismo que me embargaba. Venga acá ese manuscrito –me dijo-. Quede claro que lo hago por la recomendación que trae usted, no suelo hacer esto con nadie –prosiguió-. Yo quizás asentí con la cabeza; qué decir en estos casos. Cuando salí de allí observé mi manuscrito, impoluto, exquisitamente encuadernado con tapas de cartón de color rojo oscuro, y el título en una etiqueta blanca que ponía aquello de: “La sima de las almas caídas”. El título era sugerente y profundo. Pues bien; allí quedó Silverio con mi manuscrito, y su mesa desordenada llena de coleccionables sobre la guerra civil española. Pasarían unos tres meses y fui llamado de nuevo por el Sr. Silverio. Casi lo encontré de la misma forma, como si no se hubiera despegado de allí desde la última entrevista; ahora, quizás existía sobre sus espaldas aquella penumbra que lo hacía extrañamente enigmático y sugerente. Sobre su mesa aparecían infinidad de fascículos desordenados, en uno de ellos ponía: “El frente de Pravia: ¿Cuántos cañones tenía el enemigo?”
Me mandó sentarme, y así lo hice. De aquella ya no estaba nervioso, quizás ya no me importaba su opinión sobre mi novela (que no había extraviado). Allí estaba el manuscrito, delante de él. A simple vista no detecté ninguna plegadura que le hubiese quitado su virginidad al papel, ni mucho menos ninguna hoja marcando páginas con párrafos destacables. Fue entonces cuando el Sr. Silverio me espetó aquello: –Hijo, mío. Su manuscrito está lleno de cacofonías; como escritor no irá usted a ninguna parte. Búsquese la vida en otra cosa, o pruebe usted a decir acertijos por los bares.
Creo que lo miré fijamente durante más de veinte segundos; que ya es mirar. No hablamos mucho más, me lo extendió con su mano en un gesto enérgico, y salí de allí lentamente, sin ninguna prisa (ahora mismo no me acuerdo si me despedí). Cuando iba por el pasillo, me dio por ojear mi manuscrito. Comprobé ese estado de las hojas recién escritas, recién ordenadas, recién encuadernadas. El manuscrito estaba virginal; el Sr. Silverio ni lo había abierto.
PD:
Así vistas las cosas, a muchos años de aquella “trascendental entrevista”, reflexionando, y aplicando protocolos “marcusianos”; quizás el Sr. Silverio me haya salvado la vida
.

2 comentarios:

Anita Noire dijo...

Silverios de esos hay a patadas. Que pena, o no. Vaya ud. a saber, que eso de comer de las letras es más que jodío.

KENIT dijo...

Jodío , jodío; comer de las palabras.Un abrazo, Anita.