miércoles, 16 de junio de 2010

CATARSIS.


La pasé al salón y le mandé sentarse. Se quedó ligeramente inclinada hacía adelante. Cuando miré su cara vi sus ojos exaltados, y quizás algún rictus en sus labios que indicaba cierta tristeza. No le ofrecí nada; por las horas que eran sabía que no tomaría café, era lo único que le apetecía cuando llegaba a mi casa. Estaba en silencio, esperando, quizás ansiosa por comenzar, necesitaba que yo rompiese el hielo, aunque aquellas citas eran tan normales que no hacía falta. Para mí ya era tarde. Cuando le abrí la puerta me disponía a cenar, mi comida esperaba encima de la mesa de la cocina. El vivir sólo me ha dado cierta disciplina en hacer las cosas a la hora, sin nadie ajeno que me lo impida. Pero allí estaba ella, sentada, mirándome con aquella cara pálida, quizás llena de ansiedad. Reflexioné que sería mejor acabar con aquello lo antes posible; así es que salí a la escalera y subí al trastero; a los tres minutos estaba otra vez de vuelta con Catarsin debajo del brazo. Arrimé una silla, la puse delante de ella, y acomodé a Catarsin en una postura idónea, lo más cercana posible, con sus ojos de plástico enfrentados a su mirada.
Allí quedaron mi representación inanimada, y ella que comenzó hablar de corrillo, sin parar, de sus desengaños, de sus problemas económicos, de sus hijos, de su madre anciana, de sus miedos y fobias, de su trabajo perdido hacia unos días, de sus incipientes achaques físicos. Desde la cocina la oía hablar y hablar, no paraba. Cuando acabé de cenar me metí en mi habitación y aún estuvo hablando casi una hora más -hasta que sus palabras se fueron haciendo más pausadas, adormecidas, hasta que casi se hizo el silencio-. Entonces me senté en la silla que ocupaba el muñeco dejando a este arrinconado en el suelo. Al mirarla vi que estaba llorando; me levanté hacía ella y la abracé, sentí el movimiento de sus gemidos contra mi pecho, y la humedad de sus lágrimas contra mi cara. Mientras la abrazaba tuve esa sensación de que no tenía nada entre mis brazos, que todo era una farsa inventada, una ensoñación, una representación onírica; y que aquel muñeco estuvo allí siempre, sujeto sobre una silla, mirándome, con sus ojos inexpresivos de plástico, escuchándome todas las noches después de cenar.

2 comentarios:

MagaRl dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MagaRl dijo...

Único para dejar sin palabras. Es siempre sorprendente pasear por tus letras.