domingo, 6 de junio de 2010

SOMBRA.


Mi sombra iba delante de mí, porque el sol estaba allí arriba, detrás, y caía pesado como un plomo; y también estaba todo parado, nunca se movían las hojas de los árboles, porque el viento no daba por ningún lado. Cuando todo está así iluminado abres los ojos muy poco, molesta la claridad y no prestas mucha atención. Estos senderos para subirlos tienen algo de inhumano, pero si los bajas apresurado puedes despeñarte por las losas de punta que reciben tus pies. Salir a estas horas con el perro es un riesgo, se te puede cocer el cerebro. Del pueblo no se oía nada, alguna voz, quién sabe de que sitio; lo otro eran las chicharras en un coro machacón. El perro se paró allí, en aquel rastro de sumidero seco, otras veces con agua, y se puso aullar, a mover la tierra con las patas, yo me acerqué con cierto cansancio, y vi la mano saliendo, medio deshecha, por entre aquellos plantones de jara. No sé porque rara posición, en ese instante, mi sombra era yo mismo, la pisaba, sobresalía de mí en un contorno extraño, porque el sol debía estar allí arriba, en vertical sobre mi cabeza, tan extrañamente grande; mientras miraba aquel dedo de mujer que me apuntaba, con su anillo de oro, husmeado por el perro.
Ahora me pregunto que impulso extraño me ha traído, otra vez, a este lugar.

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