miércoles, 30 de junio de 2010

PARAFRENIA.


Llevo cuatro días fabulando sobre un duende encontradizo. No recuerdo muy bien de qué forma empezó a deslizarse por el balcón a eso de las tres de la tarde; en pleno día. Lo anormal del duende es que empieza a parecer con la cabeza boca abajo, y se asoma despacio por los primeros rayones de la persiana. En esta situación, después de cuatro días encontrándolo, no sé, a ciencia cierta, si es fabulación, o su larga nariz aguileña, que parece tan real, me husmea, oliéndome todas las tardes a eso de las tres. Lo he representado muchas veces de mediana estatura, con cara amarilla, labios rojos, vestido con un holgado quimono verde, con una gorra de mago caída hacía atrás, y unas babuchas abiertas de talón y punta levantada (metidas en unos grandes pies; puestos al final de unas piernas extrañamente delgadas y corvas). Algunas veces, cuando la persiana está bajada, siento unos golpecitos, y luego una sombra deslizarse por la parte de la luz. Lo veo allí, desde mi postura supina, embobado, como reptando boca abajo, hasta que le abro con desgana un hueco de dos palmos; y entonces (“fabuladamente”), veo primero su sombrero en forma de cono, y luego su cara amarillenta, sus dedos largos haciéndome muecas y sombras chinas. Y así fabulo dentro de mis cuatro paredes, y paso las horas entre los sonidos de la calle, y el calor que me hace estar tan desnudo como Dios quiso que llegase al mundo. Y mi fabulación aumenta día a día, y ahora lo he puesto delante de mi, sentado sobre la cómoda, con sus manos largas, tapadas por manguitos rojos, cogidas en los bordes de caoba .He logrado que me hable y me cuente cosas de su mundo, de que extraños bosques ha llegado, y cómo logra desplazarse hasta mi balcón sin ser visto por los indiscretos vecinos. Logro interrogarle con preguntas llenas de malicia; y, él, sigue a lo suyo, contestando lo que quiere en su idioma de monosílabos y palabras que no puedo transcribir. Fabulo y fabulo; y lo hago llegar, quedarse conmigo; lo hago desaparecer, desde esta postura en la que contemplo la penumbra por la luz transfigurada, los sonidos lejanos o las voces cercanas de otro mundo que me transporta, dentro de esta fabula que lleva cuatro días riéndose de mí.

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