jueves, 24 de junio de 2010

SENSORYS


Hacía varias horas que me rondaba aquella idea por la cabeza, pero no sabía como darle forma. Algunas veces suele pasar eso en los bancos de pruebas, estas dándole vueltas y vueltas a algo sin encontrar una solución que te satisfaga. Analizas pormenorizadamente todos los detalles; incluso te llegas a abstraer de otros problemas pudiendo desembocar en una obsesión completamente desordenada llena de tormentas de ideas.
Estaba claro que no iba poder ajustar aquellas dos piezas para que el mecanismo funcionase a la perfección .Repasé de forma adecuada la cola de milano de la guía posterior hasta dejarla en la parte larga y en los vértices de las esquinas con una tolerancia de tres millonésimas de milímetro. Adapté también todas las articulaciones en los tensores cableados por hilos de acero de apenas una décima, regulando la presión hidráulica a cero coma ciento veintitrés bares. En el banco de pruebas se movían todas las articulaciones a la perfección dirigidas por el plc, desarrollando toda la secuencia algorítmica de forma secuencial. El software de interacción de protocolo analógico digital seguía todos los parámetros correctamente según los pasos del diagrama de flujo; y los sensores de sensibilidad obedecían con tolerancias de uno dividido por un millón de “sensorys” por milímetro cuadrado.
Cuando la miraba sobre la silla, con aquel pelo rubio, me parecía una diosa de la robótica. La había vestido con ropas exóticas; la había perfumado con unos roces de Majesty; le había puesto aquellas piernas torneadas con un color de piel logrado a la perfección en su tono y tacto, (incluido un suave vello incipiente); y su cara perfecta imitando los rasgos (hasta unos limites casi reales), de la famosa atriz Cameron Díaz (que era en mi amor propio, mi pérfida reina particular).
Era lógico que al mirarla me subiese cierto rubor y estremecimiento; como ese cosquilleo que nos da en el estómago cuando presagiamos la erótica y voluptuosa sensualidad de un próximo apareamiento.
La había estado probando con apéndices artificiales sin haber conseguido unos resultados aceptables. Al regular los sensores hidráulicos de su boca no había conseguido una progresión adecuada en el coeficiente (A/D), apriete deslizamiento, que debía ser de uno dividido por dos millones de newton de fuerza; por lo que siempre se quedaba aprisionada después de unos doscientos movimientos, hasta una profundidad de setenta milímetros medidos en el consolador de referencia. Ahora, después de una obsesiva noche, creía que el ajuste de los dos pulsores que gobernaban los diminutos cardan verticales, y estos a su vez a los colectores de las trescientas mil terminaciones táctiles de sus labios, había quedado resuelto puliendo ligeramente las esquinas de la cola de milano.
La impaciencia me embargaba. Era el momento de saber la realidad electromecánica de aquella diosa de la robótica. Era el momento de probar en mis carnes su funcionamiento (quizás precipitado dada su complejidad). No pude esperar más, en aquella posición estática, después de haber puesto el plc (Power Line Communications) en marcha, la arrimé hacía mí introduciéndole el programa doscientos treinta y ocho, llamado, no sin cierta mofa: “DS/38-Diablilla Succionadora”.
No describo los pormenores de mi acercamiento, ni de su hacer con mi cremallera, ni sus manos cogidas sobre mi culo, ni su leve impulso para arrimarme a su boca. Ahora mismo sólo os puedo decir, que me encuentro aprisionado fuertemente por sus dientes en esa parte…, en una posición ridícula, después de haber llamado al ciento doce para que nos lleven a urgencias a mí y a Cameron Díaz, por si hay que diseccionar sus labios, para que deje libre mi “hombría”.

1 comentario:

LOSTTOTHERIVER dijo...

Si es que hay algunos artefatos que se descontrolan y confunden la succión con el mordisco. Algunos de esos artefactos no son necesariamente eléctricos. Se lo digan a Doña Pipitilla.