miércoles, 9 de junio de 2010

TABACO


El abuelo se sentaba debajo de la mimosa y no le repugnaba aquel olor dulzón que desprendía; ni el rastro de polen amarillento que le caía por la boina cuando se iba, después de estar allí sentado toda la mañana. Los domingos, muchas veces, me ponía a su lado y percibía su olor a estiércol, y a cuarterón de tabaco. Me gustaba verlo aparecer detrás de las bocanadas de humo, su cara llena de rallones y surcos, su nariz chata de boxeador, y sus grandes manos apoyadas en el bastón. Los domingos le recogía colillas; lo que agarraba después de otear en el atrio de la iglesia, o por la acera del ayuntamiento. Cuando acababan las fiestas de San Timoteo, algunas veces conseguía cigarros enteros, sin prender, o algunos prendidos por la punta, o algunos con labios de mujer marcados y la mitad sin consumir. A mi me gustaba darle aquellos cigarros; y el, algunas veces, me estiraba una perrona grande de su bolsillo del chaleco; pero si no había perrona, sentía su mano gorda, áspera, pasar sobre mi cabeza; y a mi me gustaba, porque yo quería mucho a mi abuelo, y cuando ya no vino a sentarse allí, lo eché mucho de menos.
La mimosa aún está, lo que no está es el banco de madera hecho de roble.
Hacía años que no volvía a oler aquel pegajoso aroma.
Es innecesario decir que las cosas que ves te hacen recordar; y al verlas, después de tantos años, retornan con una ternura y una tristeza como si formaran parte de una dimensión inexistente, que sólo tú conoces y descifras.

2 comentarios:

LOSTTOTHERIVER dijo...

Sí. Así es, a veces sólo nosotros entendemos cosas que los demás no entienden, y las entendemos porque las vemos con esos ojos que están en el corazón.

KENIT dijo...

Un abrazo.