lunes, 7 de junio de 2010

VERTIGO


Esta mañana me levanté y todo me daba vueltas. Mover la cabeza lo más mínimo sobre la almohada era como si todo se me cayese encima; una sensación de nausea completa, y muchas ganas de vomitar. En esos instantes no sabía, no podía determinar las causas de aquel repentino ataque; me imaginé un sin fin de enfermedades, desde las más simples a las más complejas. Creo que estuve en esa postura unas cuatro horas, desde las siete hasta las once, estático, sin moverme lo más mínimo; mirando al techo. Si me movía era todo repetido, parecía que se caían otra vez el techo y los tabiques; ahora que lo estoy escribiendo siento que me vuelve esa sensación. Cuando me levanté, a eso de las once, tuve la impresión de que todos aquellos síntomas me habían desaparecido, aparte de un mal recuerdo, me quedaban escasas secuelas. Bajé al garaje y me metí en el coche para ir al trabajo. Logré salir de la ciudad sin ningún problema, pero cuando atravesaba el puente de San Juan, me vino otra vez aquello, creo que fue acompañado de un desfallecimiento, y no controlé el volante. No sé lo que pasó exactamente; ahora me encuentro en un sitio todo blanco y a mi alrededor veo mujeres efebas, muy hermosas, estoy recostado entre el regazo de una de ellas que acaricia mis cabellos, mientras la otra lo hace en esa "suavidad" que sospecho inequívoca; y otra me da a beber lo que parece y sabe como un caldo de gallina, o de ángel; vete tú a saber.

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