miércoles, 14 de julio de 2010

ARRAYANES.


Pues estaba allí tempranito, sólo, endomingado, esperando en el parque del Ambulatorio. Les tiraba gusanitos a las palomas, y daban vueltas con las alas bajas picoteando. Me apoyaba con las dos manos sobre el nudo del bastón de roble, debajo del fresno, detrás de los arrayanes que hacen algo de laberinto, y sólo se ven pasar las cabezas de la gente por afuera, como un guiñol. A mis años recibo el sol de marzo con agrado, y medio me “adormito”. Vi a la rumana que asomaba la cabeza por encima del borde del arrayán, luego llegó y se sentó a mi lado. No sé que farfulló, no la entendía, pero se me arrimó mucho, olía a tabaco. Su cuerpo estaba caliente porque era gorda con la cara plana y enrojecida. Algo dijo. Luego me posó su mano derecha en las rodillas. Al poco rato la acercó más, comenzando a acariciarme. Me dio aquella cosa de respigos cuando me bajo la bragueta, estuvo dándole vueltas un buen rato con los dedos, muy disimuladamente (era algo basta en los toques). Y se me puso “atrempada”. Retiró la mano y me pidió diez euros. Se los dí. Volvió a meter la mano, y a los quince minutos estuve resucitado, “flácidamentedura”, escupiendo el chorrete. Se marchó limpiándose las manos con un clínex, arremolinando a las palomas. Ahora siento escozor, humedad y alivio. Esta rumana era algo más brusca que la de la semana pasada .A mis años, en marzo, el sol da gusto detrás de los arrayanes.
Si quieres traerme una carta para el más allá ya sabes donde estoy, se la entregaré Belcebú de tú parte. Quizás me quede poco.

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