miércoles, 14 de julio de 2010

DE PIE.


Algunas veces cuando a eso del amanecer me levanto de la cama, me empiezan a venir los pensamientos, y pienso que lo llevo haciendo así, con el mismo rito, desde hace años. Y pienso que quizás no hay otra forma diferente de hacerlo; y pienso, muchas veces, que no hay otra forma de pensar diferente. Cuando lo hago, me refiero a lo estrictamente terrenal; decirme a mi mismo: ¡joder!, otra vez vivo. Al levantarme, algunas veces, antes de posar mis pies desnudos lentamente, me imagino que debajo no hay nada, no existe la alfombra, ni el parquet; y, circunstancialmente, no existe el lugar en el que debo sustentarme: sólo un vortice en espiral que da vueltas y vueltas. Me han dicho que esas sensaciones son de tránsito hacía el abismo. Lo he consultado con especialistas de la mente (del cuerpo, para qué), y han meneado hacía los lados sus cabezas reflexivas; lo que me ha dado pie (valga la redundancia) a empezar a preocuparme. Desde hace unos días he considerado esta sensación como enfermiza, proponiéndome que el levantarme, por las mañanas, pase a ser un hecho corriente, no transcendental o ceremonioso. Al abrir mis ojos he decidido permanecer en estado fetal contra la escasa luz de la ventana, esperar a que circule el aire. Luego he decidido agitar las manos con el fin confirmar que pertenezco a este espacio, y permanezco vivo. Lo demás es cuestión de buscar acomodo cierto tiempo, en otra postura, como si mis pensamientos decantaran igual que la turbidez de un líquido en el fondo de una botella. La maniobra final es decidirme a girar sobre mi mismo, sobre el eje horizontal de mis caderas; para luego bajar lentamente los pies (quizás lo más angustioso), hasta comprobar que debajo de mí no está el averno, y que por un milagro sorprendente logro ponerme otra vez, vertical, de pie, soportado por el mundo.

2 comentarios:

LOSTTOTHERIVER dijo...

Me gusta. Ser consciente de cada movimiento. Me gusta.

KENIT dijo...

Un abrazo.