sábado, 24 de julio de 2010

EL CREDO


El Maestro explicaba los pormenores de su aparato. La sección máxima del poste de unos ciento cuarenta milímetros de sección cuadrada, la palanca que se debía ajustar bien al cuello, para que con tres cuartos de vuelta y dos segundos a lo máximo lo quebrase
(esa era la ciencia), la ranura de la corredera, y el cierre; algunas veces había encontrado cuellos verdaderamente grandes y gordos que apenas había sitio para que al cierre pudiese metérsele el pasador. El Maestro también me dijo que le echaba unas gotas de aceite de oliva a la rosca para que la palanca, al último quite, fuese sensible y sin impedimento. Muy pulcro el Maestro en todas estas cosas que llevaba al detalle: la altura del poste, el asiento del ajusticiado que muchas veces suplementaba con un cojín de hierba seca metida en un saco para que la nuca quedase horizontal evitando que un mal guiado no rompiese el hueso. También me dijo que el invento del de Plasencia no le gustaba nada dejando aquella aguja que se clavaba y atravesaba la parte inferior hasta casi la mandíbula al girar la manivela. Siempre decía que el reo no moría antes y sufría mucho para llegar al final. Él se ufanaba en dejarlos listos para visita, con rasgos placenteros cuando se les quitaba la capucha. Lo que más le jodía al Maestro era esperar por el rezo del credo una vez que estaban sentados en el sillín, ya con el corbatín puesto, y el capellán gordo como una vaca, dando vueltas por el cadalso espantándoles los demonios en un último intento de redención. Aquello de: “Creo en Dios padre todo poderoso…”, acojonaba más a las víctimas, en vez de relajarlas las ponía más rígidas de musculatura, lo que hacía que el quite tuviese que ser más certero y seco. Además a que venía aquello de dar el quite cuando el credo llegaba a la perorata de: “y en Jesucristo su único hijo”.

1 comentario:

Anita Noire dijo...

Lo del garrote vil tiene tela, hay que ver como lo describes. Los pelos como escarpias.

Anita Noire