miércoles, 21 de julio de 2010

EL DUENDE.


Siempre llevábamos aquel control estricto porque no deseábamos llegar al climaterio sin haber conseguido descendencia. En el pueblo la mayoría de las familias eran numerosas. En aquella época los niños hacían labores en el campo desde edades muy tempranas. Por eso permanecíamos mucho tiempo en la habitación cuando las labores de la tierra lo permitían. Nuestra habitación daba a la huerta del Soto, y por nuestra ventana veíamos los manzanos y los castaños que rodeaban la casa; el castaño que asomaba sus ramajes era centenario, lleno de corvas y ramas extrañamente deformes en donde se escondían las ardillas.
Lo intentamos numerosas veces, incluso en horas intempestivas: durante el sopor de las siestas de agosto que acababan en tormentas atronadas; durante las grises otoñadas de cielos altos; o las blancas nevadas de enero mientras el ganado rumiaba en la cuadra; o en las tardes de domingo después de procesionar al altísimo; en los viernes santos después de rezar delante de la virgen del Carmen tapada con cortinajes negros; o en noches largas de luna llena cuando su reflejo iba pasando por las paredes de la habitación como si estuviera viva sobre las aguas gélidas de un río.
Colgado en nuestra cabecera, al lado del cristo de Medinaceli, habíamos colocado aquel diagrama de los ciclos en los primeros seis meses. Los catorce días de la ovulación los marcábamos en rojo; días de menstruación en color naranja; y los días llenos de gracia con un verde claro. Llevábamos con el sistema cinco meses, desde que Don Cosme, el médico, nos habría predicho y explicado el teorema de Ogino con su estadística. Así lo establecíamos de mutuo acuerdo en los días fértiles, no hacíamos apenas prolegómenos, Priscila se colocaba con las piernas abiertas, en silencio, y yo la penetraba con una almohada bajo su espalda.
Cuando Priscila quedó preñada de Pacho era el mes de Abril, época de sementera.
Volteábamos la tierra, la dejábamos abierta al sol para oxigenarla llena de lombrices, escolopendras, vacalorias, topillos asustados, ciempiés negros, y gorriones que venían a darse un festín. Cuando Priscila quedó preñada se acababa casi abril y los días empezaban a ser largos y cansados; sacábamos las reses al ballico, y limpiábamos el maíz de hierbas de maldición; y eran esos días que cuando hacíamos la hornada el humo subía recto, de intenso color azul. Cuando Priscila quedó preñada estábamos entre el pajar y la cuadra. Nos vino aquel “repente” y llegamos a besarnos. Tiramos dos cantaros de leche. La preñé sobre el revuelto de la yerba seca, todo olía a boñiga y a manzana, a estiércol humeante, y cuando miré sobre el tablado del cavanón, antes de venirme el gusto, había una hilera de cuervos y tres urracas que andaban locas dando vueltas sobre el ganado. Pensé que era una premonición.
Priscila alumbró el ocho de febrero del año siguiente. Con nevada muy alta; cuando mirabas los tejados tenían forma de hongos blancos. En la cocina estaban las mujeres. Julia (la entendida) calentando agua, y todo estaba lleno de vapores y orégano quemado para desinfectar.
Cuando me llamaron yo estaba en la cuadra echando brezal seco para mullir el ganado.
Subí con un nudo en el estómago, y cuando entré en la cocina y Julia abrió el mandil, lo vi allí ensangrentado, pequeñito, con su cara picuda y con mucho pelo, los dedos de sus manos extrañamente cortos, sus piececitos alargados de tres dedos cada uno, y su piel de duende toda de color verde.

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