jueves, 15 de julio de 2010

FARMACIA.


Comprar condones en la época de Paco era un suplicio. Las farmacias formaban parte del poder fáctico, tanto como los militares, las eléctricas o los del Opus Dei. Las farmacéuticas habitualmente eran mujeres mayores con la cara muy pálida y los labios pintados de rojo, con un quimono blanco inmaculado. Las farmacias de la época de Paco solían tener al Caudillo (Don Paco) colgado sobre el anaquel, por encima de los medicamentos. Y olían muy intensamente a penicilina, o a preparados contra la calvicie que salía de la trastiendas. Cerraban todas puntualmente a las ocho de la tarde, y si tenías una necesidad urgente ibas al quinto pino a buscar la de guardia oteando la crucecita roja y la serpiente. Pues bien. Yo una vez entré a comprar condones en los años sesenta , a una de la avenida del Cid Campeador en Burgos, con cara de pardillo; muy atorado porque delante de mi y detrás de mi había respetables señores y señoras; y cuando llegué al mostrador estaba la ayudanta de la farmacéutica y le dije aquello de: “Venden preservativos sueltos”, y que la “gertrudis” aquella se me queda mirando como si le hubiera enseñado la cruz invertida, y va a la vieja bruja que rebuscaba en un estante, y me señala, y la bruja se acerca con aquel semblante de zombie, arrugada, como si le hubiesen echado doce gramos de polvos de arroz en la cara, y me dice: “Que deseaba usted”, y yo se lo digo con todas las letras, pero muy bajito, acojonado:”Si venden condones a granel, sueltos”, y va ella, y se pone un poquito con color en los carrillos, y me dice : ¡SINVERGUENZA!, así de alto, y la gente que estaba allí, me espetan miradas y miradas, y yo salgo de la farmacia sin un puto condón, y con mal de ojo. Así que el domingo me fui al rastro y en un tenderete, compré una tira de seis que tenía el moro escondido debajo de una caja con jengibre; posiblemente caducados de tantos días expuestos al sol.
Me los metí en el bolso y me fui a abusar a la viuda, veinte años mayor que yo, pero que me daba mucho gusto, porque de repente, como buscando el tiempo perdido, se había hecho muy golfa en la cama, y le iba todo... Pues los condones, debía ser que tenían el espermicida sobrepasado, y mi viuda estuvo con la flora vaginal alterada durante dos meses, en los que no pude hace nada; y yo con aquella soledad en la mirada; esa forma de mirar tan triste que tiene la gente que no da ni recibe amor.
Las farmacéuticas de los años sesenta eran así, con aquellas caras blancas, las batas blancas, y en el invierno, el reflejo rojo sobre el cristal de la cruz que se encendía y apagaba hasta las ocho de la tarde si no estaba de guardia la serpiente.
La vida era sí, para qué darle más vueltas a los recuerdos...

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