martes, 31 de agosto de 2010

NO QUIERO LEER TUS LABIOS.


Las gaviotas están ahí arriba y gritan como condenadas.

Me vienes a los cinco minutos con aquello de que no estás segura, y digo yo, pues como que ya llevamos diez años así, y hasta antes de esos cinco minutos eras tú la que me insistía: tienes que decidirte de una puñetera vez, esta situación yo no la aguanto, el polvete de los miércoles el polvete de los domingos, ya no aguanto más, no sé a lo que juegas conmigo, te resulto comodona.

Por encima de mí ventana hay como una visera de piedra que se está resquebrajando, por ella crece una planta enredadera en plan silvestre que da unas flores pequeñitas, y enfrente hay una panadería un bar sidrería y una droguería. Cuando estoy en la ventana tú a veces me coges por detrás y siento la piel de tus piernas contra mi culo.
Eres una indecente.

Llevaba esperando a que te decidieses y me contestas eso, que no estás segura pero te aprietas contra mí, me gusta cuando me frotas la pelambrera de tu coño, qué salvaje, como está húmedo tengo la impresión que te pegas a mi con loptite. Si te pegas a mi, nos sacarán los bomberos para llevarnos al hospital. No juegues.

La cama está ahí deshecha, siempre tan sola, son muchas horas en diez años, y esperando y esperando y luego a que vuelvas y cuando pasan las horas que estoy contigo y terminan, me quedo mas solo que el pirata Calico Jack en la cubierta de su bergantín. Las sábanas serán las de hace un mes, con esos mapamundis, uno en marcha y uno con la boca y luego yo te comía a ti, sabes rico, tienes esa costumbre de perfumarte, eres una atrevida indecente sabiendo a sal que huele a rosas.

Pero ahora que por la calle casi no viene nadie, no sé por que me aprietas, los animales presentimos los temblores de tierra. Las vibrisas de mis huevos barruntan algo. Si tuvieras un cinturón con un buen mango de plástico me gustaría que me la metieras con vaselina, y que me dijeras: ábrete cabrón, y relájate.

Pero si me aprietas así, es que me quieres decir que esta vez es la última vez, sin avisar antes, sé que me lo vas a decir y no quiero escucharlo.

Las gaviotas están ahí arriba y gritan como condenadas.
Veo tus labios moviéndose y no quiero leerlos.

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