jueves, 26 de agosto de 2010

WINDSUF.


La tarde está como para encenderle una cerilla. Explotaría. Por encima cientos de gaviotas presienten que algo pasará, y se cagan de gusto. El mar está más plano y brillante que los azulejos de un ministerio. Se palpa en el cargado ambiente que hoy nos ducharemos por última vez. La gente está ansiosa por chapotearse. Somos como niños. En la playa, como si se hubieran vuelto locos, todos fornican. Sólo hay que pedir permiso a cualquier espatarrada. Es así de simple:”Por favor, si no le importa, puedo metérsela, será un momento”. “Sí, por supuesto, me bajo el bikini, tómame.” ¿Tontona, te la clavo? Es como si fuera el juicio final. Todos lo saben: sólo tenemos dos branquias y además olemos y comemos por ellas. De repente, hacía poniente, se ve aquella hondonada en el mar. Un hueco, y un pico. Gigante. No sé cómo decirlo, “ansi de grande” .Por fin ya está llegando la arbolada perfecta. Ágilmente la cabalgo. Ahora mismo voy sobre la cresta del tsunami, y no sé dónde acabaré, menos mal que llevaba mi tabla de windsurf, otros no pueden decir lo mismo. Que me quiten lo “bailao”. Otra ola así no la pillo en mi puta vida.

3 comentarios:

EDUARDO YAGÜE dijo...

Hoy los surferos dejaron de ser los pijos de mi adolescencia. Brindo, Señor K.

Anónimo dijo...

Que te quiten lo bailaó!...Laura Olesa

Poma dijo...

Surfear bien la hola, una vez en la cresta, seguirla en su espiral y acabar con y en ella , sin que te arrastre.
:) Buenos días ¡¡