viernes, 24 de septiembre de 2010

CARAMELOS DE COLORES.


Los niños tienen esas cosas, llevan sus ojos, sus manitas y sus lapiceritos de acuarela, y dibujan la misma casa la misma nube el mismo árbol, y lloran. Yo los veo dando vueltas como en un laberinto entre el guirigay y la maestra gallina. Mueven los bracitos y se agitan con sus mandilones azules, con sus coletas o su pelo corto.

Yo me pongo al lado del embarrado de aluminio, escondido detrás del codo de un pilar y les tiro al aire caramelos de colores.

Ayer me encontraron escondido debajo de la escalera de mi portal. Alguien dijo, es un “drogadito”, pero era yo. Acababa de llegar de dar caramelos a los de preescolar en el recreo de la escuela, y aún llevaba caramelos en los bolsillos.

Según la ley del veintiuno de julio de comunidades sobre propiedad horizontal a mi me correspondía un azulejo de debajo de la escalera y lo estaba disfrutando, acurrucado, sin molestar a nadie. Me quedo así parado, en esa postura de cuclillas cuando me da el bajón. Es mi estado de defensa, la cabeza metida entre las piernas.

Me arrastran hacia fuera. Si, me arrastran, literalmente, arrastrado por el suelo. Y yo me deslizo como el mono que tiene las manos en los oídos, me quedé en el medio del portal en cuclillas, con los ojos perdidos, me rodeaban con las bolsas de la compra. Alguien dijo: es el “drogadito” del cuarto, lleva caramelos en el bolso, habrá que darle (si no) una pila de hostias a ver si deja en paz a los niños.

Luego alguien me empuja y me quedo de lado en el suelo, en la misma postura pero de lado, si alguien quisiera me podría hacer girar como una peonza, y no me inmuto. Cuando te da el bajón tienes los ojos abiertos y siempre miras al mismo sitio, es como si estuvieras agarrotado y atado sobre ti mismo, parece que has nacido, pero no has nacido, es una postura resistente.

Cuando la gente de la calle empezó a mirar a través del portal se quitó la poca luz que entraba. Me llevaron así mismo, así puesto; yo no soltaba mis manos de mis piernas encogidas, no quería desenvolverme. Entre dos me apresaron como a un bulto, noté que eran policías porque olían a alcanfor, y me llevaron, primero me arrastraron tirando sobre los azulejos; se abrió un hueco entre los curiosos y noté la claridad cegadora de la calle.

Quizás en la calle quedó un reguero de caramelos de colores. No recuerdo bien.

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