viernes, 3 de septiembre de 2010

MALEVA.


Cuando digo que tienes malevaje psíquico quiero decir que le empiezas a dar vueltas a todo para buscarle una segunda interpretación. No es rebuscado. No sé cómo expresarlo bien. Muchas veces las palabras no coinciden con lo que uno piensa. En realidad lo nuestro lo tomas como una mera transacción comercial, digamos que según pasan los meses le incorporas el “ipece”.
No te aflijas, para mí eres una samaritana.

De todas formas, si te sueltas el pelo me olvido de todo, no es que tú cara sea perfecta, la viruela ha plantado pinos diminutos por tus sienes, pero cuando te sueltas el pelo y me lo pones encima me siento rodeado de todas las especies de la selva, mis ojos vagan por tus raíces, huelo tú perfume y no puedo ver la claridad de la tarde adormecida en la ventana.

Y luego tú boca viene hacía mí. Como estábamos sentados en una silla, me besas de arriba abajo y sale tú lengua igual que un mercancías, y como eres una cochina, me chupas la bilis y la dejas posada en mi cuello. Eres una puñetera maleva psíquica.

Hay momentos que cuando estoy contigo pienso en la muerte, mucho más que en la muerte, pienso que llevo varios siglos muerto, si te aparto el pelo veo tus ojos diminutos, así de pequeños, luego tus piernas cruzadas sobre mis rodillas, y mis brazos apretándote por la espalda. Por la ventana que da al patio no puede suceder nada, es una chimenea que da al cielo y se lleva todas las soledades, en la habitación no sucede nada, la silla de ruedas está aparcada al lado de la mesita; no se la vaya a llevar la grúa.
Y me puedes, me puedes.

Pienso que deberías hacer equilibrios, subirte sobre mis hombros como Pinita del Oro. Siéntate sobre mi cara, quiero que me asfixies con tú coño. Así de claro. Morir de amor. Con lo grande que lo tienes prometo asfixiarme pronto.

Todo lo haces tú. La hebilla del cinturón tiene ese sonido erótico, no el de ahorcarse, ni el de ir a cagar, suena como si el arcángel San Gabriel nos quisiese enseñar el tatuaje de sus ingles, lo abres a un lado y me posas la mano ahí, el capullo está altivo el hijo puta, sobresale sobre todas las cosas, yo lo veo así si me levanto la camisa, sobre todas las cosas, le haces eso con la uña como si acariciaras la bola del cambio. Tienes esas formas descaradas de maleva psíquica. Qué cochina eres. Total, podrías chupármela un poco.

Cuando te sientas así suave, ¡chica!, qué gusto me da, puedo cerrar los ojos y te veo, puedes retírarte un poquito y siento tú pelo, puedes levantar los brazos hacía el techo y siento tus manos. ¡Y cómo te me arrimas! Fuertito y seco! Qué gusto me das! Al patio de luces empiezan a llegar golondrinas, y los retoños de la fértil del primero están cantando, suena a coro celestial como si cantaran los niños de Tölz. Quiero casarme contigo.


Cuando te corres te mueres. No sé si lo sabéis. Tú lo sabes. Te ponen doscientos veinte voltios a la altura de la pelvis, el positivo a un lado, el negativo al otro. Dicen que vibramos un poco antes, y que las buenas zorras lo detectan. Tienes esa forma de agitarte al final frenéticamente como si fuera el popurrí de unos fuegos artificiales. Boba, se que sabes lo que me pasa, imagínatelo: al niño le han pinchado el globo, y lo ves siseando de un lado al otro, y el niño llora. Creo que me he muerto abrazada a ti ¿Quieres casarte conmigo?, por la noche me sacarás de la silla de ruedas y me meterás en la cama, te prometo dormir y dormir; callado siempre. Ya sabes el cuento.

Cuando te veo vestirte, también me gustas. Si se pudieran repetir los instantes no pararía de tocar el mando distancia. Pero te vas. Coges el dinero y te vas. A mí me queda un mundo de tiempo para poder subirme a la silla de ruedas: Tengo casi toda la tarde. Podría morirme antes de lo sólo que me encuentro.
-Aquí hay fragancia tuya.
-¿No vas a cobrarme por eso?

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