lunes, 13 de septiembre de 2010

Y VOY COMO INYECTADO, TÍO.


Cuando todos los dinosaurios empezaron a perecer porque la tierra flotaba entre el humo y no había luz del sol, no olía tan mal como en la pescadería de Paco. Yo ahora mismo estoy aquí esperando por unos chipirones y esto apesta. Es un frente de guerra lleno de gaseados. Absolutamente irrespirable, creo que lo vende pasado de fecha y podre.

La mujer del pescadero se llama Mary y tiene un collar de vieiras. Enfrente de la pescadería de Mary hay un quiosco de chuches con una gran visión comercial, vende almendras garrapiñadas y huele agradable dependiendo a donde mires. La señora del puesto se llama Amalia, es rechoncha y no sé si es fea, pero sus manos son exquisitas con unas uñas muy largas a colores, y mucha bisutería en el puño y colgada del cuello. Siempre está haciendo crucigramas.
Para arañarte la espalda con tus manos atadas a la cabecera podría valer.

Amalia sabe lo nuestro, bueno, saberlo no sé si lo sabe, pero creo que sospecha, uno tiene esa percepción de las cosas, intuición femenina. Es tan metódica mi visita cada semana los miércoles o chipirones o sardinas y algunas veces salmonetes y mientras espero una de garrapiñadas bien puestas de vainilla azúcar quemado y chocolate. Y las miradas, y alguna sonrisa. La Mary se atora si hago que muevo la lengua como nervioso. Soy bífido. Culebro. Ya sabes eso: morder ligeramente el botoncito, abrirlo y luego sobarlo. Si eres bífido mejor que mejor. Yo ya dije que era muy bífido, como una culebra de agua dulce, sin veneno.

En el mismo pasillo hay dos puestos de frutas con muchos colores, y un anuncio de ropa interior con una descocada casi efeba y una boca amplia de rojo que quizás se esté burlando de mí. Yo comprendo que se burlen de mí, estoy muy mal hecho, de gran largura, y acabo en una cabeza descompensada, enjuto, ancho de espaldas y estrecho de culo. Mi culo no se coge se encoge.

Los chipirones me huelen a Mary, y Mary sabe que es la hora, se quita el mandil, las botas de caña alta, los guantes y una gorra de visera tipo soviet, y le dice a Paco, voy por la fruta y me piro hacer la comida, Paco ni la ve, no sé si la escucha, agita un rodaballo, lo ajusticia. Un poco más arriba por donde las infusiones la veo pasar con ese andar que tiene a todo trapo y yo la sigo como un pistolero chupando de un cigarro a lo chulo.

Ella ya estaba en casa y yo llego cinco minutos después. Abrió la puerta con sigilo y su casa huele a pescado y ambientador de pino y a gato. Como hay poco tiempo la trajino en el pasillo de arrimo a la pared. Mis chipirones están a la derecha en el felpudo en su bolsita de plástico derramándose por si mismos, ella como si la fueran a fusilar y yo arrodillado. Las manos suben y bajan debajo de su falda, y todo está allí terso y suave como un celofán para caramelos, pudiera ser pegajoso como el pez fluido como miel de xesta como aceite de almendra; es para pasarle la lengua una y otra vez, que ya no sé a que me huele todo, si a chipirones, a perfume de pino, a fragancias en sus ingles, a almendras garrapiñadas.
Y al final lo que corre por su pantorrilla es un goterón espeso, ingrávido. La fluidez de Mary no zigzaguea, baja pausadamente recto como jugo de almazara y dan ganas de beberlo si hubiera tiempo.
Ellas nunca saben igual.

Cuando salgo el sol está en la calle totalmente posado, resbala sobre todo, y el aire agita el plumaje de los pájaros cobijados en la escasa sombra de los árboles. En mi boca presiento que tengo escamas. Algunas veces pienso que cuando suspira es como si cantase melódicamente por la nariz, es un eco o un sonido largo de faro lejano bajo la luna llena, tengo la impresión que sus piernas no se abren, todo es un conjunto geométricamente perfecto que huele a algas y a mar o a dinosaurio muerto. Mi pescadera alguna veces se ríe como la efeba del anuncio, tiene una cola muy larga y un vestido de escamas de color plata. Siempre soñé comérselo a una sirena; y eso sueño cuando Mary me acaricia la cabeza, sino de qué, con tanta mezcla de olores, aunque te digo una cosa, a mi no me da asco nada si llevo un colocón de amor y voy como inyectado, tío.

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