SO CABRÓN.

Había hablado contigo de todas esas cosas que se dicen cuando te encuentras después de años en una plaza repleta de palomas; allí en el cielo estaba el color de las nubes y líneas rectas de avión, porque no quería mirar a tus ojos metidos en dos bolsas que parecían colinas. Estabas diciéndome, preguntándome, por qué tanto tiempo sin vernos, y estaba claro, nunca nos habíamos reconocido, y si lo habíamos echo otras veces enfrentados los ojos en este Paralelo, no me había dado por los cojones de mirarte, porque sencillamente aún me asustaba tu mirada de rana.
Pero ayer fue el día en que íbamos tan uno frente al otro, que como en una estadística de la teoría de la incertidumbre, casi chocamos, y así, nos acercamos hasta lo sublime, tanto, que pude ver tú corbata como de moscas cojoneras, inanimadas, sobre un fondo de color mierda, y tú camisa tan extrañamente geométrica, y tú escaso pelo tan aprovechado, y tus manos tan asidas a una cartera de cuero. Y por un instante, fue un instante, al estar tan próximos nuestros viejos ojos; se me vino a la cabeza un recreo, en marzo de hace muchos años, que me cogiste violentamente de mi jersey de lana, me acercaste tu mocosa nariz y me dijiste aquello de, si se lo dices te mato, so cabrón.
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