lunes, 1 de noviembre de 2010

Y NO DILATAN.

Le estuve dando por el culo a un extraterreno pero no me gustaba nada. No hay como lo de este mundo. Siempre me decía, pues yo soy de la galaxia Seyfert y allí lo de darnos por el culo es algo muy normal. No hace falta pedir permiso. Para entendernos yo le llamaba Ciclotrón, por la forma que tenía de moverse, como en círculos ovalados, con movimiento armónico acelerado, eso lo hacía pero que muy bien. Lo de moverse.

Lo que no me gustaba era su boca, sabía a silicona de sellado, muy mineral, tirando a barro de camino, ocre, nada que ver con sus pedos que olían a uvas machacadas. Lo bueno que tenía eran sus orejas, en la última envestida las cogía a dos puñados, y daba aquella voz sintetizada, como diciéndome: ahí, aguanta ahí, dale ahí.

Los cuerpos cavernosos se me ponían hinchados como las croquetas de la abuela.

Me viene un día, búscate a otro, a mi no me jodes más. Fue una mañana de Septiembre, lo recuerdo, gris militar en el cielo, en el parque Güell, se sentó sobre un lagarto cabalgando sobre su cresta azul, y me comenta: escucha por la boca de este desterrado, y yo le puse la oreja al lagarto, y me dice, me voy, te dejo, me vienen a buscar al pirulí del Tibidabo mañana a las veinte cuarenta y tres, post merídiem.

Ahora lo hecho relativamente de menos. Considero que fue una experiencia irrepetible. Pero me duele mucho el capullo por los esfuerzos, lubricaba con rastro amarronado y gelatinoso. De nuevo tengo otra relación para empujar  mierda, echaba de menos esa sensación de tocar algo tan terreno; los tubos de acero al carbono son angostos y no dilatan.

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