lunes, 6 de junio de 2011

NO LAS SOPORTO.


En el autobús me agarraron por el culo, pero no me dio más. No fue un agarrón exactamente, fue un manoseo. Los huevos ahora me cuelgan indecentemente, y la mano que me sobaba también me los acarició. El caso es que me dio tiempo a tirarle un pedo, pero la mano siguió allí manoseando y manoseando. El pedo ululó. Quiero decir que se fue por allí, de adelante atrás, y se fruncían los ceños. Los ceños se ponían de mal gusto o de mal a gusto. Los ojos encogidos, la parte de la nariz y el labio superior arrugado hacía arriba. Yo había aguantado el olor de varios perfúmenes. Yo había aguantado sobacos trabajados y desodorante incapacitado. La gente de las afueras huele a pura mierda, muchos moros, rumanos, y negros, muchos, indios muchos. Todos vestidos con acrilicos, apestan, los negros sobre todo, huelen a mierda de cabrón.

-Esto que describo aquí, quise ponerlo de otra forma, pero no me sale con otras palabras.

Es un hecho intranscendente de un viaje cualquiera desde el centro a las afueras.

Siempre me pasa algo en los viajes de larga distancia.

Fui varias veces para los lados pero la mano no se quitaba. A pesar de mi edad tengo el culo agraciado, y tengo que decir que tuve como una erección. No veía por atrás, imposible, veía por delante un retrovisor anclado a un barrote que colgaba del techo. Todo cabezas moviéndose en vaivén.

A las ocho y media aún era de día por poniente, por saliente era de noche y había nubes, pájaros también, no había enamorados metiéndose mano. Los edificios rectos para arriba con muchas ventanas, algunas ventanas tenían flores también. No sé que tipo de flores. Al entrar en el portal había luz amarillenta, o no había luz, entraba aún luz amarillenta. Tuve la sensación de que llevaba la mano ahí, en el culo, y una leve calentura.

Dos vueltas a la llave y la puerta se había abierto. La empujé levemente, quiero decir según venía. Al otro lado otra puerta. Sentía la mano allí y unas ganas enormes de ir al baño. Levante la tapa del vater y al aflojarme el cinturón noté que algo se desprendía dentro del inodoro. Lo hice despacio sintiéndolo mucho, quiero decir sintiendo mucho la mierda salir por mi esfínter, me vacié del todo, me limpie la raja, y cuando me levanté para mirar si había sangre en las heces, vi aquella mano allí entre la mierda. Era una asquerosa mano de negro cortada de cuajo a la altura del codo, con los dedos encogidos aún de haberme manoseado.

No pude tirar de la cadena con aquella mano allí.

Menudo asco sacar la mano del negro toda llena de mierda.

A mi, mi mierda, quiero decir la mía, no me da asco; pero las manos de los negros no las soporto.

2 comentarios:

delia díaz dijo...

amor, en el frigo, en el estante de arriba, estaba la mano del asiático, recuerda aquello de trabajar como un negro para tratar de ganar como un blanco y al final, cobrar como un asiático; pues la del negro la teníamos para desatascar el water, que una mano negra siempre viene mejor -la mierda si se queda incrustada en las uñas se nota menos- pero como siempre te da repelús, tengo que hacerlo yo, ahora no me queda de otra que ir por la ferretería y comprar líquido de ese para tratar de licuar nuestra mierda, y mira que te digo que comer tanto garbanzo con bacalao, fabes con almejas, las almejas mismas, necorinas y demás crustáceos nos joderá y así están las cañerias...

bueno, ajo y agua, chupar siempre nos gustó, y los pedos al aire, que dentro joden que te cagas...

fíjate, anda, fíjate cuál te llevas la próxima vez a la oficina...

(ni se te ocurra tirar este posit,va pa'l album de recuerdos de familia)

KENIT dijo...

Si es que en los autobuses va cada uno.
En la oficina los tengo en el cajon. Uno para cada día, en especial el jueves.