miércoles, 31 de agosto de 2011

COMO SI NO FUERAS NADA DE MI.


Me vienes a la memoria mientras te paso una esponja mojada en agua tibia por tus caderas.

Un taburete muy íntimo pintado de azul con un agujero de cuatro dedos de amplio en el medio. Me hacían señas para que avanzase. Incluso sabiendo ya caminar a dos patas yo avanzaba a gatas, era más fácil a gatas la costumbre de reptar de esa forma con una visión panorámica muy especial de las cosas. Llegaba debajo del taburete y me sentaba allí mirando hacía arriba por el agujerito, la piel blanca de los muslos de mi madre o de mis hermanas, o de tía Melita, algunas veces sus bragas color carne llenas de manchas amarillentas.

De qué me viene esa atracción por lo pútrido, por lo que ha estado oculto sin respirar. Tantas horas dentro de una cuna hecha de tablas de cajas de cerveza y troncos de pino todo barnizado. Con unos pocos meses me había cagado blando o duro, había regurgitado leche de vaca al amanecer. Me daba vueltas con los calores de junio entre aquella vasilla amarillenta, hasta que llegaba la mediana, mi hermana Conchita, con la palangana llena de agua y un trapo blanco descosido.

No sé como es eso de nacer escupido por la placenta, ni cómo se traslada uno en ese trayecto, de qué forma la boca cerrada o abierta sobre aquella suavidad tantos instantes juntos en no sé cuántos segundos. Yo había estado en aquella crisálida negra llena de venas, atada a un cordón alimenticio como cualquier alíen nacido en este grandioso planeta.

También crecía y lloraba. Mi padre se abstenía masturbándose en la cuadra. No sé a ciencia cierta si le puso a la Tola el madero debajo de la faja, entre el morcillo y el faldón costillar y se le subió a las caderas donde la babilla, y se la metió por la natura como pedro por su casa, mientras la Tola rumiando yerba balliquera con aromas de azafrán seco. De lo que me acuerdo era por la noche, los vientos solanos muy secos de junio, me escurría bajando por la sábana abajo y me quedaba a gatas donde daba el claro rayón de la luna que dejaba pasar la contraventana y los ramajes del roble de la huerta, inermes, sin brisa. Daba allí mismo la luz blanca, incluso sentía algunas veces como me rozaban rítmicamente las peludas pantorrillas de mi padre, su gran verga una y otra vez saliendo y entrando dentro de mi madre, hasta que la luz pasaba, o yo me caía de la cama, recordando que lloraba.

Y los olores, no sé cómo decirlo. Podría ser los ovarios de las flores de los amarillentos dientes de león, los filamentos de las dalias, los pétalos de las margaritas, los estigmas de las flores del cerezo, y el pan de centeno entre brasas de raíz de encinas; y el estiércol a paladas que salía mágicamente aventado por mi padre desde debajo de los pesebres, no sé de que manera me apetecía aquello, que cayesen sobre mi cabeza restos de helechos secos y bulas de vaca, y caquitas tipo canica de mierda de cabra.

Ahora que te veo así te amo. Ahora que estas tirada en la cama, escuálida, abierta de brazos y de piernas y no me conoces, te amo.
-Como si no fueras nada de mi.


2 comentarios:

Poma dijo...

Y es que madre sólo hay una ........

Duro y bello.

Lía dijo...

Intensamente turbador.. No deja indiferente y eso me hechiza..