miércoles, 24 de agosto de 2011

NO SÉ QUÉ HACES AQUÍ.



Para asomarte al acantilado no lo hacías de repente. Ibas paso a paso sobre un mullido verde hasta una acacia azul que abrazabas para ver el precipicio. Hacía abajo casi habría cien metros, rocas de formas grotescas, y en el fondo con la marea baja, quebradas losas alineadas que se perdían entre las olas.
La senda municipal me llevo hasta este lugar después de caminar renqueante unas dos horas. Y estando aquí sentado mirando al infinito no me explico de qué impulso partió la idea de caminar sin rumbo aparente, siempre hacía el norte para buscar el mar.
Llevaba varios días con un picor insoportable en mi espalda. Lo notaba insidioso al apoyarme en los respaldos de las sillas, al acostarme boca arriba, en el mínimo roce de la camisa. Mi mano llegaba con dificultad doblando mucho el codo para tocarlo, o arrascarme, más de una vez rocé mi espalda sobre las esquinas quebradas de los tabiques, sobre marcaciones, lo adivinaba a la altura de mis omóplatos en la zona intermedia, a un lado de la espina dorsal. Traté innumerables veces el verlo por mi mismo con la ayuda del espejo del baño y otro espejo sobre mi mano izquierda, que a duras penas lograba colocar alineado con mi vista, percibiendo en la zona una amplia y sospechosa mancha rosada, y en el tacto con mis dedos un bulto que cada día me parecía que aumentaba en volumen.
Tengo que decir que la médica del seguro no le dio ninguna importancia, evitó tocarlo y me dijo que se trataba de un simple folículo piloso. Y así me fui con una pomada y la esperanza de que en unos días drenaría por si sólo.
Hasta hoy, hasta este instante han transcurrido cuatro días y unas horas. Hasta esta mañana en que noté como una especie de nódulo en forma de volcán de grandes dimensiones que a duras penas logré abarcar con la palma de mi mano. Sobre las sabanas de mi cama una gran mancha de restos purulentos depositados por la noche.
Algo en mi mente había cambiado y emprendí el camino hasta llegar al lado de la acacia azul rodeada ahora por mi brazo, mientras mis ojos miran la raya que deja el mar casi confundida con el cielo, un gris a ambos lados, una leve brisa que acaricia mi cara, y la sensación de que el nódulo de mi espalda está adquiriendo dimensiones de herida purulenta , cada vez más grande, notando debajo de mis pies descalzos un flujo amarillento muy abundante que se precipita como un rastro lento y espeso, zigzagueante, goteando por las rocas hasta el mar.
Nadie te critica tan purulento.
Sólo el anónimo resto amarillento de una bestia. Algo así de forma de corazón con bordes rojos.
Disolverte aquí, anónimamente, lleno de soledad.
Debes intentarlo.
-¿Te has preguntado?
-No sé qué haces aquí.

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