miércoles, 17 de agosto de 2011

OTRA VEZ DESEANDO ESO.



Me he propuesto invadir el campo de esa forma, con la mirada, dando una vuelta sobre mi mismo con la mirada, y luego dando otra vuelta con la mirada elevada hasta abarcar todo lo que me envuelve. He salido de mi caparazón a las once de la mañana, primero lentamente, saliendo de la oscuridad a la penumbra, de la penumbra a la luz, progresivamente. Y ahora, una vez completada mi rotación, me dispongo a reflexionar si debo de tener angustia por tanta profundidad en todas las direcciones posibles.

La lejanía me desorienta. No sé por qué motivo permanezco casi todo el tiempo dentro del caparazón. Que extraña inquietud me asola cuando debo salir lentamente para otear un rumbo cualquiera. Hacía cualquier lugar en linea recta está la existencia de la inmensidad. Doblar mi cuello hacía arriba es una osadía; el infinito es como una losa que pesa millones y millones de toneladas. Lo inmenso descansa sobre las montañas, el infinito lo soporta mi cuello.

Me decía el galeno, no te dispongas a comprender la materia oscura, o la energía oscura, la oscuridad en general, flotamos; por qué has de sentirte humano en la oscuridad e inhumano en la inmensidad de la luz; por qué has de engañarte dentro de tu caparazón imaginando que todo es próximo, no hay ninguna explicación, sólo tus manos estiradas tocando lo inmediato, adivinando una forma geométrica por el tacto o por el contorno. Sacando tú mano sobre el caparazón, sintiendo la rugosa sensación, los pliegues, su sinuosa forma esférica sobre ti, suponiendo, imaginando mejor que llegas hasta ese cercano borde que te protege del mundo, el mundo por decir algo, lo inmenso por decir algo, lo infinito por decir algo, dentro de tu caparazón nada tiene límites. Tampoco.

Deduce mi galeno.
Es entre la filosofía y locura (casi lo mismo). Los galenos están para eso. Saber de todo un poco.
Hacen unas chapucillas de nueve de la mañana a la una de la tarde.
Sí,sí.
Ya eran las doce de la mañana. Casi una hora sometido a tanta inmensidad. No sabes cuánta angustia en tan poco tiempo.

Una bata blanca o un quimono. Una parafernalia de objetos sobre los anaqueles. Bolitas eternas dándose por el culo unas a las otras sin acabar nunca de darse, odiaba no captar como iba disminuyendo la amplitud de sus golpes. Su boca a veces moviéndose, viendo como su boca se mueve casi imperceptible en lo que deben ser simples susurros, y yo en mi pequeño hueco, deseando salir a rastras debajo de mi oscuro caparazón para meterme dentro de la oscuridad.
Otra vez desando eso.



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