jueves, 25 de agosto de 2011

SIMPLEMENTE LOCO.


Lo había intentado innumerables veces. Me refiero a olvidarla. Pero su foto estaba sobre un panel de anuncio y yo caminaba cuatro veces al día hacía la fachada de aquella casa abandonada. Ella dormitaba hacía atrás en blanco y negro. No sé más. Era como sacar cuatro veces la cartera: dos en la mañana, y dos en la tarde y buscar su foto, allí recostada.

¿Estoy loco por ella?
O simplemente loco.

Cuando era niño mis padres tenían un pajar a la entrada del pueblo. Y en mi pueblo había un mercado quincenal los domingos. Por las mañanas se vendían terneras rollizas de color pardo y cuernos incipientes. En los meses de julio y agosto al acabar el mercado había baile de acordeón.
Las mujeres casaderas de la Vaguada aprovechaban el pajar para cambiarse la ropa a eso del las cinco de la tarde. Las alpargatas llenas de polvo. Lo hacían en la parte de atrás en un pequeño espacio oculto entre la pendiente llena de arbustos bajos,un guindal, y la pared del pajar. Me apostaba allí esperando bastante antes. Quitaba tres piedras y una cuña de madera, y quedaba un hueco para mis ojos de como si juntaras el pulgar y el dedo siguiente y te lo pusieras de gafas.
Esperaba. Algunas se cambiaban los vestidos dejando la ropa escondida disimulada entre la maleza. Si había suerte se me ponía algún culo desnudo allí delante, agachado. Y con mucha suerte veía de los abundantes pelos del coño cayendo la orina a borbotones virgorosos. Tenía su culo tan cerca como así. Ya te digo. Así.

A veces llego a casa a cualquier hora. Abro la ventana y siento los ventiladores del aire acondicionado del Zara que dan al patio de luces. Tengo fijación con ese sonido. Si te fijas en un sonido puede convertirse en ruido. Le dije a la niña encargada del Zara que lo dejan puesto, incluso por la noche. En el baño el goteo de la ducha. Casi una hora sentado en la taza del vater con un zorollo a medio caerse. Me da no se que meter la mano. La encargada del Zara tiene el labio de arriba con una pequeña hendidura. Te mira violentamente. Pero ese sonido sigue ahí ahora mismo.

Detrás del pajar no siempre te cuadraba un culo destapado. Estadísticamente podría ser una vez de cuatro. Cuando bajaban seis mozas las oportunidades eran muchas. Algunas veces era de frente. Todo el coño recubierto de pelos negros, ensortijados, a menos de un metro, y el chorro que iba en espuma como una culebrita por el rellano de cemento hacía abajo.

Te digo. Es una fotografía en blanco y negro, ella recostada hacía atrás, como si el sol le diera en los ojos. La fachada medio derruida, y el panel inmenso como un cuadro de pared. Un sujetador negro, nada mas. Unas tetas medianas de cuatro bocados.

Yo estaba en un caldero plano de lavar la ropa y el jabón lagarto flotaba por unos instantes cuando lo dejaba caer. El agua tenía posos del color del zinc. Llegaba mi madre con una toalla encima de la espalda y se agachaba, a ver a ver a ver, como así, canturreando, su mano rugosa subía por entre mis piernas y era un estremecimiento una y otra vez manoseándome. Cuando me bañaban en la galería también veía el paisaje, más o menos, los dos nisales que mi padre dejaba mancos para que no se agitasen contra las cristaleras. Creo que me puse duro allí un cuatro de septiembre, estaba lloviendo a cántaros, goteaban las hojas como si llorasen.

Cuántas pajas pude hacerme detrás del pajar.
Supe que tenía capullo por el escozor del jabón lagarto.

El día que se marchó me dejó la cocina recogida. Estaba muy buena. Y cómo iba a ganarse la vida, le dije. Yo por aquella ya andaba medio zombie, con las espaldas tiesas, las manos estiradas, y me daba miedo todo. El sonido de los ventiladores del Zara me ponía frenético cuando los dejaban por la noche. Le dije, ya me dirás cómo te vas a ganar la vida. Y se fue.

Yo no sé por qué antes las mujeres tenían todos los pelos del coño. Aquellas pelambreras. Eran gozosas como se caía la orina como un chorrito de canalón roto. Lo veía, lo sentía tan cercano que me olía entre dulzón y salado, no a urea. Eso fue después. Un día que se lo comí sentada en la taza de la ducha y me meo por la cara sin pedirme perdón.

A la galería llegaban gorriones a comer las migas que tiraban mis hermanas de recoger la mesa. No importaba que mi madre canturrease, o que moviese la toalla contra mi como si estuviera haciendo un paquete. Ellos picoteaban porque ya hubieran estado ayer picoteando.

La vi en la fachada el martes. Fue la segunda pasada de por la mañana. Me vino mucho frío por las piernas. En la espalda se me puso un dolor extraño y una sensación a entumecido.

Presiento que ando más rígido aún.
Sigo muy ensimismado, lleno de recuerdos inconexos.
Mi mano ha cogido por fin mi sobra indeseable. Tenía que acabar de una vez.
Posiblemente esté simplemente loco.

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