viernes, 19 de agosto de 2011

UNA NUEVA PALABRA.


Un sonido.
Viene desde algo.
Desde lejos, desde cerca.
Un sonido es algo.
Las palabras lo nombran todo.
No tengo recuerdo de cuándo empezaron a enseñarme el nombre de las cosas.Martita me decía: mira, esto es una piedra, una piedra al lado de otra piedra, una piedra encima de otra piedra. Luego mi padre de espaldas metiéndose el dedo por el culo, agachado, el culo al aire, la mierda saliendo por el culo de mi padre al lado de la mierda de caballo, al lado de la mierda de vaca, y Martita y yo esperando fuera de la cuadra sentados sobre una cerca de piedras, piedras cortadas en forma de losa como un cuchillo de plano detrás de otro cuchillo hasta donde se perdía la vista, una pared ciempiés dos curvas y una recta y dos curvas más.

Venía el Cabo y un Número como dos sombras en forma de capa no sé de qué color. Mi madre pelaba patatas cocidas y las soplaba, y el Número agitaba la culata contra la puerta a dos badajazos, y Paula y Martita y yo en el cuello de Martita bajábamos a la cantina y tirábamos de un pasador y la puerta se empujaba desde fuera, los señores guardas sacaban las manos de las capas y los tricornios brillantes como zapatos de cura posados al lado de la balanza, donde los graneles de garbanzos y lentejas donde el saco de arroz blanco. Yo en el cuello de Martita escuchando palabras, viendo las manos de hueso de los guardas con las copas de solysombra arrimadas a la boca.

Olía el coñac y el anís.
-Coñac, anís.

Llevábamos así medio año mi madre haciendo panes de maíz y asando torreznos entre brasas de encina, mi padre durante seis meses cagando a la misma hora y la pared creciendo hacia el fondo muy larga una piedra y otra piedra sobre el pecho de mi padre, yo arrimado sobre el tuco de un cerezo viejo lleno de sarmientos y Martita con una cesta de mimbre de avellano acarreando grijos para el relleno.
Largos días llenos de palabras, y cada quince días el Cabo y el Número.
-Coñac, anis.
Olor de anis, olor de coñac.

-Qué extraño el proceder humano.
Fue otra primavera, el tuco de cerezo lleno de flores y el Cabo y el Número saliendo de la cantina, mi padre delante y yo de la mano de Martita, a saltitos. Me pusieron sentado sobre el tuco a eso de las nueve de la mañana, olía a flores blancas y seguía escuchando palabras y palabras, palabras largas, palabras cortas, palabras altas, palabras bajas, palabras rápidas, palabras lentas. Veía a mi padre cogiendo piedras planas sobre el pecho , caminando como un sapo cojo por el esfuerzo, veía a Martita coger piedras pequeñitas sobre la estera de mimbre, uno detrás del otro hasta una rebladera a treinta metros, junto a la tapia derruida del abandonado cementerio. Fueron así otros seis meses, piedra tras piedra, hasta que despareció la pared ciempiés que mi padre había hecho.

Regresé un día, después de cuarenta años. Ya estaba lleno hasta arriba de palabras, estaba hecho de palabras, de todo tipo de palabras, de increíble cantidad de palabras. Aún estaba allí la pirámide de piedras, sobre ella crecían amplias matas de brezo lleno de flores color vino, muchas piedras estaban adornadas de moho y líquenes blancos, zarzales enroscados entrando y saliendo por los huecos. Estaba el tuco, y nacido de lado un amplio cerezo rodeado de maleza, muy alto y recto.
Me vino aquel amargo recuerdo.

Robar la pared de los muertos para rodear de pared a los vivos.
El cura tuvo compasión de mi padre, no le obligó a rehacer la tapia del campo santo.
Ahora allí era un sonido.
Venía desde algo.
Yo me quedé quieto para ponerle, muchos años después, una nueva palabra.

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