jueves, 29 de septiembre de 2011

EL PATITO.


La niña está mirando extrañada su patito de color amarillo. Aún no es del todo de día. Estoy sentado delante del ventanal del comedor sobre una silla de mimbre en una posición estática que hasta cierto punto me parece ilógica. Cabalgo el salvavidas de la niña cubierto por una bata desgastada de color agrisado, y por debajo de mis dos piernas asoma la cabeza del patito con sus grandes ojos abiertos y su largo pico hinchado, esbozando una pícara sonrisa.

Y la niña viene a cogerle el pico al pato, y yo llamo a Zulema para que quite a la niña de aquí, porque con sus manitas me roza el capullo sobre la cresta del patito sin quererlo, y Zulema llega y coge la niña de muy mala hostia tirando de ella, y me dice aquello de vaya postura de cerdo degenerado que tienes.
 
Cuando leí el informe del cirujano y vi todo aquello me sorprendí de cierta manera: dos prolapsos internos, cuatro abultamientos perianales, seis ramificaciones de tejido submucoso sobre el mismo borde dentado del pectíneo; eso sí, todo muy prolapsado, abultadito y presionando sobre una dermis tan fina que cuando te limpiabas la tajadera veías las estrellas.
Lo malo será cuando me vaya de bareta, pondré los zócalos perdidos.
A mi lo que me gustaban mucho eran los mejillones de escollera cociditos con salsa de cebolla, aceite virgen de oliva, perejil, y mucho picantón de guindilla de Otare. Siempre que los comía sudaba por la calva y me ponía rojo como un tomate. Una vez los comí en el restaurante que está en la escorrentía de Mereci, y me dieron aquellos retorcijones. No tuve más remedio que ir al baño, y en el baño daba aquellas voces que se hizo el silencio y se dejó de mear y de escanciar sidra. El padecimiento de almorranas te evita malas tentaciones, es lo único bueno que tiene. Guardarte mucho de que no te prolapse ningún mango hostil, sería placer sádico del prolapsador, pero el prolapsado para qué describir, como si te metieran un gancho de cocina al rojo y te escarbaran dentro en forma de movimiento de manubrio.

Zulema me dejó la persiana entreabierta, y me huele a café torrefacto. La claridad empezaba a ser tenue cuando sentí un portazo de salida dado de mala gana. Por entre la ventana que está casi abierta entra una agradable brisa que me huele algo al mar.

La niña ha vuelto de forma sigilosa.

Y me vuelve a mirar con aquella extrañeza y aquellos ojos tan grandes. Está delante del pico del pato Donald, y quizás pensará cómo su papasito puede estar cabalgando su juguete de la playa. Por qué raro misterio la cabeza del pato está ligeramente deforme e hinchada, y su pico rojo tiene aquel gesto adelfo. De no sé dónde siento como el pedaleo de una máquina de coser y voces de televisión. Y en otro instante que no he calculado percibo su manita buscando el inicio y el final del pato debajo de mis posaderas amoratadas por el color del yodo. Una extraña y dulce sensación que no evito ni reprimo.

Es un imprevisto.

Siento una llave dando dos vueltas, y un estrépito, y el sonido de unas campanitas de cerámica que hay en el pasillo. Me levanté como si estuviera pasando un sueño horrible, igual que un resorte, de repente, con la energía de un cadete militar. Empujé a la niña y se calló de espaldas contra el suelo empezando un llanto de desesperada rabia.

Cuando Zulema apareció en el umbral de la puerta percibí sobre mi espalda su mirada de furia contenida. La niña salió corriendo y se agarró a su falda al mismo tiempo que angustiadamente señalaba su hollado patito. Permanecí estático. Me veían en aquella perspectiva, recortado por la leve claridad de la ventana. Por mi cuerpo había circulando un escalofrío extraño, como si hubiera caído sobre mí un verdadero rayo y toda la tormenta.

Por la calle pasaba alguien vociferando, y la brisa movió ligeramente los visillos, enseñando en el alféizar dos macetas completamente deshabitadas.
La piel de mi espalda estaba llena de sensaciones (desazón de inexistencia), mezclas de frío y calor que se alternaban. No sé, a ciencia cierta, si estaba llorando; nunca me doy cuenta cuando lloro.

1 comentario:

Dam Aguirre dijo...

No entendí mucho la relación de él con el patito, pero me gustó mucho esa energía de melancólica reminiscencia a la infancia