lunes, 12 de septiembre de 2011

EL SONIDO DE SU CORAZÓN.


Ella.
Yo.
Y el Ser.
Desde nuestra ventana veíamos quinientos millones de mundos habitables sólo en la Vía Láctea.

Yo me obsesionaba con tanta inmensidad.
Me preguntaba por qué tanto aquí y ahora si al final todo era nada, por así decirlo.
Lo diminuta que resultaba nuestra panorámica. Infinitesimal.
A ciencia cierta uno no sabe dónde está el límite de sí mismo. Cuánto transciende de sí. Te vas tocando de la cabeza a los pies con parsimonia y eso es el volumen que ocupas. Lo demás es vacío. No hablo de lo que puedes ocupar en los demás que te conocen como Ser. No. O cuánto va a quedar de ti como recuerdo. Eso de que vives en la memoria de los otros es una gilipollez suprema. En realidad no vives en ningún lado. Estás muerto.

Me hubiera alojado para siempre en ella, pero ese fenómeno no era posible. Mis ansias de meterme dentro de su cueva como un ciempiés.

La soledad es indescriptible. De qué modo todas las noches pasadas. Todos los días leyendo poemas de amor escritos en las tapas de los libros de otros poetas. Sus ojos presagiaban eso insatisfecho mirando siempre muy lejos. No había nada tras sus ojos llenos de contornos negros. Si paras las manos en la piel detienes las caricias. Todo lo angustioso se produce de repente.

Algunas veces cuando ella llegaba estaba con esos pormenores y otros pensamientos sobre mi. Contemplando. Momentos antes existía yo y ella, quiero decir que estaba pensando que ella se acercaba a la cita. Entonces ella existía para mi. Cuando entraba no le miraba a los ojos. Nunca. Le miraba a las piernas que eran muy largas. Como en una ceremonia que había pensado desde el día anterior. En silencio ceremonial me arrodillaba delante de ella y la abrazaba por las caderas mirando hacía arriba su cara de esfinge, la mordía ansiosamente por encima de su ropa. En esos instantes el mundo deja de existir. Cuando traía falda metía mi cabeza por debajo y me llegaba el efluvio de sus gotitas alucinantes a lo Clive Christian’s , no eran de Clive pero pudieran serlo. Le comía el coño a bocados, casi perdía la respiración, todo aquello me parecía un manjar de dioses. Le venía tardíamente su manantial, como si vibrase ligeramente. Se doblaba lentamente por la pared hasta sentarse en el suelo, y entonces comprobaba la inmensidad de sus piernas porque para besarlas hasta llegar a chuparle los dedos de los pies tardaba un mundo entre una y la otra (alternativamente).

Me traía empanadas de hojaldre rellenas de bonito y tomate. Después de comerle el coño nunca la podía follar porque yo ya me había corrido de tanto gusto que le daba a ella. Así que comíamos la empanada de bonito en la cocina. La partíamos en sectores proporcionales, ocho o diez a lo sumo y la saboreábamos con sidra dulce mientras nos mirábamos a los ojos también dulcemente.

Hablar filosóficamente para entender a Dios o lo que sea. Quizás para no estar tan solos.

Yo le hablaba mucho en abstracto. Le preguntaba por qué si yo le comía el coño a ella, por qué ella nunca me comía el pito. Siempre dispuesto y limpio, lavado en el videt instantes antes, lavado suavemente con agua tibia, ablucido con jabón Heno de Pravia todo el capullo y las cascarrias pegadas a los pelos en la zona del perineo arrancadas, también la raja de mi culo lavada. Nunca me contestaba. Veía moverse su boca masticando lentamente los trocitos de empanada con mucha educación, sin desprenderse ni la más mínima miga de hojaldre, bebiendo la sidra y apretando mucho los labios al final para no regurgitar.

Estábamos satisfechos así, no copulábamos. Sus estertores, su mirada turbia me agitaban de tal manera que eran incontrolables mis músculos puboccocigeos y me iba por la patita y por los conductos aferentes en orden inverso.
Otras veces le abría allí por donde nos unimos al mar, y le metía la lengua hasta donde me llegaba, muy hondo, me quedaba muchos instantes dándole vueltas y vueltas, hablándole a las olas, o más bien rozándole el pútrido bolo cercano al sigmoideo. Al final, cuando me iba despacio y mi lengua volvía muy asustada, ella no reprimía sus ventosidades. Tengo que decir que incluso eso me olía a gotitas de Clive Christian’s. Un conglomerado de sabores y efluvios nada desdeñables.

Nada es extraño y baldío, nada es turbio e insalubre si procede del ser al que tanto amas.
Me olvidaba en aquellos instantes lo trascendente de mi Ser.
Mi idolatrado Martín Heidegger es ciertamente la materia oscura. Lo que se ve en demasía y no se entiende. Eso pensaba sin el más mínimo asco.

La tarde quizás se caía con toda su simple parafernalia. Hay tardes que son sospechosamente de relleno en nuestra existencia.

Nos asomábamos al balcón y veíamos los tejados marrones y el cielo la mayor parte de las veces con aquel gris tan liso y uniforme que lo hacía más lejano. Estábamos juntos rozándonos los codos. Y yo siempre le hablaba de lo mismo como si presintiese mi propia muerte. Me obsesionaba aquello. Le decía: yo solo perduraré en ti, no en nadie más, perduraré en ti mientras tu recuerdo me recuerde, luego será la nada, sabes, yo le llamo a eso el silencio absoluto. Ella me miraba con su cara de esfinge, como extrañada, y yo me hacía unos pasos atrás para ver sus largas piernas desnudas (una vez más), por si acaso tenía que morirme al final de aquella tarde.

Algunas veces escuchaba sobre su pecho.
No recuerdo ahora cómo era el sonido de su corazón.

1 comentario:

Anita Noire dijo...

¿Empanada de bonito? ¿Escuchar Los latidos del corazón? ¿Comerle el coño con gusto?
Que gustos más buenos ¿no?
Besos