sábado, 24 de septiembre de 2011

ME HA PUESTO.


Era aquella parsimonia para limpiarse desde la sínfisis púbica hasta el transverso superficial del periné, sentada en el bidet, o con la ducha pasando una y otra vez su mano. Su vestíbulo y todo el peritoneo con aquel piquito de pelo en forma de triangulo esotérico, espiritual, con el vértice hacía abajo, marcando el camino. Era como un rito lavarse todas las incurvaciones , secárselo cuidadosamente, para ponerse luego unas gotitas de fragancia, que dejaba un profundo olor a sándalo. Otros perfumes que se ponía le daban a aquella desembocadura un toque de esencia de pétalos y peristilos, a flores de bach, extraordinariamente apetecible.

Habíamos pasado junto a la marea, y un puntito rojo esmeralda al lado de las colinas que daban al puerto como una pequeña luciérnaga. El mar como un plomo quieto. Las barquitas extrañamente inmóviles, levemente reflejadas en el agua, como si se preparasen para una tempestad. Tu mano pequeñita casi imperceptible, y quizás algo de deseo, y los olores a escamas, a posos putrefactos de aceite y moho que se agarraban a los pantalanes.

Y aún el olor a incienso, el olor a cera, los músculos ateridos y estáticos por estar tanto tiempo posados sobre el duro banco de madera donde nos encontrábamos, en la nave de la Epístola, en el primer banco que daba al trascoro, delante del altar de Nuestra Señora la Mayor.

Las noches del sábado al domingo veníamos de las vigilias nocturnas con todo el recato a que obligaba aquel cumplimiento con Jesús Sacramentado. Lo hacíamos en tiempos de adviento, en tiempos de cuaresma, en tiempos de pascua, y en tiempos ordinarios. La liturgia se alargaba desde las doce de la noche hasta bien pasadas las cinco de la mañana en que volvíamos a casa desde la iglesia de la Anunciación, por toda la Avenida De los Sitios pasando por el Puerto. Me agradaba traerte de la mano. Cuando llegábamos a casa nos poníamos a tomar el café y unas tostadas en la mesa de la cocina, en pleno silencio y en total recogimiento celebrado.

Me olías a incienso.

Me olías a ropa negra.

Todo tenía un protocolo meticuloso. Te encerrabas en el baño, el bidet daba aquellos golpes de ariete y todo vibraba al cerrar y abrir el agua. Nunca me permitiste ver esa ceremonia. Aquel sonido a carcasa metálica del bidet era el húmedo anuncio de tú deseo.

Me olías a cera de color rojo.

De aquella forma entrábamos en el cuarto siguiendo el recogimiento en el trámite de desnudarnos y meternos bajo las limpias sábanas con otro olor a fragancias de flores en épocas de androceos. Era un rito su forma de acostarse boca abajo. Dejándome a la vista su desnudez blanquecina, sus extraordinarios glúteos, que empezaba a manosear suavemente recorriéndolos con mis dedos.

A Clarita le excitaba muchísimo que la maseajase con mi lengua por la zona de su línea pectinea. Escondido sobre la blanca sábana el otro encanto. Era abrirle despacito su oquedad y comenzar un suave movimiento, y sentir una relajación total de su músculo coccigeo, y aquellos saltitos prolongados, casi irreverentes hasta que comenzaba su vasoconstricción, y una acentuada miotonía.

Su fase meseta era amplia, al principio contenida para luego pasar a aquellas veintitrés contracciones de su zona pélvica que me hacían desconcentrarme, pues debía coger con fuerza sus glúteos mayores para no desajustar mi lengua en su hendidura. Tengo que decir, que a veces mi lengua la penetraba hasta la cercanía de la amigdala palatina, allí donde se captan lo más amargo de los sabores. Eso la volvía tan excitada que llegaba a desvariar diciéndome que me quería que me quería y que me quería. Tengo que decir al respecto, que su control de esfínter debía ser totalmente inconsciente, nunca me tiró ni el más triste de los pedos; siempre disfruté de aquella fragancia desprendida como a pétalos de lirios.

Una vez hecho el sitio, mi lengua horadada una y otra vez de adentro a fuera, hasta que volvían sus agitadas contracciones.

Tengo que deciros, que la lengua es un músculo que raramente se cansa.

La lengua en el ano de una mujer también requiere su ritmo y es de cierto sibaritismo este placer.

Cuando te dabas la vuelta las sabanas tenían aquella geometría de Síndone, un rastro abundante de flujo que me olía como a níscalos hervidos y a salsa boloñesa.


He de decir que Clarita, incluso en los más profundos de los paroxismos no se dejaba besar por mí, le daba asco mi boca que tanto sabía a ella.

También he decir que estas situaciones no eran buscadas por mí deseo. Quiero decir que no estaba socorrido por el extravío del fulgor. Al contrario, en este acto era totalmente ceremonioso y activo. Suavemente le daba la vuelta a Clarita para verle su hermoso y perfecto culo, siempre iniciando las caricias con leves paseos con mis manos por su fascia glutea y por su espina iliaca (zonas muy sensibles, por sus ramificaciones nerviosas).

Ella era de total sumisión pasiva.

Todo esto terminaba sobre las siete de la mañana, en que reverentemente rezábamos y nos poníamos a dormir.

Yo quedaba con aquel sabor extraño de su parte más íntima dentro de mi boca, y con aquella calentura que hacía tiritar mi alma.

Sabores de ella, amor santo.Sé que ahora está en el cielo que hay sobre el otro cielo.Llevo el sabor de sus miserias aquí.Pero aún la amo.

Siempre amanecía con una extraña soledad y mucha claridad blanca.

(Yo he vuelto a la gárgola del templo, donde Satanás me ha puesto)


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