viernes, 23 de septiembre de 2011

RASTROS DE CARMÍN.



-La maté del todo bien.

Sin grandes sufrimientos, sólo con ciertas alteraciones rítmicas en su corazón, el mal endémico de los tiempos, los corazones agitados. Habían sido dos años incruentos subiendo a las arboledas de Priano, en la primavera, a buscar hermosos Zapatitos de Cristo, o dedaleras como les llamábamos en el colegio. Su fatigado corazón se merecía aumentar el ritmo, pausadamente, quería matarla del todo bien.

Y allí estaba, tan natural, los ojos abiertos, las manos estiradas como si la noche, a eso de las tres de la mañana se hubiese caído sobre sus pupilas, como si aquel extraño gesto con la boca ligeramente abierta hubiera intentado decirme que me quería.

Busqué la mejor ropa, su preferida, un vestido corto hecho de muselinas forradito de color negro. Ella se perdía por aquel vestido que se adaptaba a la perfección a las formas casi simétricas de su cuerpo, con aquella purpurina dorada, descuidada, arropando su cintura. Encontré en el cajón de la cómoda un liguero de encaje con medias de red, que aún no sabiendo si eran de uso y a moda con el vestido se los fui poniendo muy despacio, continué con unas braguitas negras a juego de encaje adornadas con unas puntillas de festón triangular muy hermosas y adosadas a sus muslos.

No sabía muy bien el orden, es un lío vestir a un muerto con cierta elegancia.

Todo era tan especial y singular que la maquillé al uso. Despejé su frente, limpie su cara, y me quedé pensando qué maquillaje ponerle. Lo hice como mejor supe, reafirmando sus ojos, dándoles luz, marcándolos en tonos verdosos; puse un leve rastro sobre sus pálidos pómulos, y sus labios rojos esculpidos en forma de fresa como si fuera una esfinge.

Se quedó allí a lo largo sobre la sábana blanca, la ropa de la cama retirada. Estaba tan hermosa, tan bien muerta. Me acaricie suavemente mirándola lleno de recuerdos, y ceremoniosamente me puse sobre ella levantándole el borde de sus bragas. La penetré y aún la encontré tierna, lúbrica, casi caliente, mientras besaba sus labios fríos.

Su boca sólo me supo a rastros de carmín.


2 comentarios:

Anita Noire dijo...

Creo que te voy a hacer llegar unas siete bolsas de gominolas de sidral. A estas alturas de la película es lo único que proporciona consuelo.
Un polvo a lo muerto, no creo que alivie mucho.
besos

Pepe Cabrera dijo...

Hola Kenit:
Buen relato. Creo que te la cargarte para saber como se hacía con una muerta. ¡Que gamberrillo....!
Un abrazo.