jueves, 6 de octubre de 2011

EL SUICIDIO.


En la pequeña habitación que daba al patio de luces a través de una escasa ventana de dos hojas con unos frágiles visillos de tul blanco siempre había existido la primavera. Sobre una pequeña repisa que hacía esquinera a media altura había flores metidas en un brillante jarrón de porcelana azul. En enero estuvieron allí dalias y claveles, en febrero violetas y heliotropos; y ahora que era una fría mañana de domingo del mes de marzo, existían dentro del jarrón una mezcla de narcisos y ramas de mimosas que daban aquel extraño dulzor al ambiente, mezclado con el olor de la cera quemada por las innumerables velas de colores esparcidas por toda la habitación.

Se amaban en marzo y el mundo existía parcialmente. Amarse en marzo, en una tarde de domingo, puede ser hermosamente bello; la piel se encoge y estira más que en abril y en mayo. Mara, estaba delante del espejo, su cara redonda apenas perceptible en la penumbra de la habitación. Beatriz comenzó a acariciarle el mechado lleno de reflejos rubios, y las tijeras fueron arrasando mechón a mechón, luego la maquinilla eléctrica, el jabón de espuma esparcido sobre su cabeza, y el mínimo y cuidadoso rasurado con una maquinilla de afeitar. Su cráneo quedó blanco, y al mirarse en el espejo durante unos escasos segundos tardó en asimilar, sorprendida, su nueva imagen. Se intercambiaron. Se sentó Beatriz, su pelo era negro y rizado, y Mara fue cogiéndolo con cuidado, cruzando sus dedos, cortándolo sin prisas; pasó la maquinilla, luego el jabón, y el rasurado final. Cuando se miró en el espejo redescubrió la pequeña deformidad en el valle de su cráneo, y al verse de aquella forma era como si se sintiese bien consigo misma, había descubierto una extraña belleza: como un poco más armonía en su rostro.

Por el suelo esparcido había quedado aquella mezcla de pelos rubios y negros en una casualidad destinada para mezclarse.

Eran lloviznas de Marzo, no eran rocíos, había brumas; pero no existía el paisaje. Sobre sus cuerpos desnudos se pusieron las sedosas kasayas de color azafrán. Se quemaba incienso sobre tres conchas del mar. La puerta de la habitación estaba cerrada y aquella mezcla de esencias y de perfumes llenaba el ambiente de un olor indescriptible, espeso; como si sólo faltase el aroma de las solitarias flores de loto.

Alguna vez unas manos subieron entre la seda, alguna vez unas manos posaron sus dedos como finas patas de araña, alguna vez la piel se encogió donde los dedos tenían su huella, alguna vez hubo un estremecimiento, alguna vez el primer beso de la ceremonia cruzó las lenguas como serpientes que mudan su vestido. Era así como sus manos se acariciaban debajo de la escurridiza seda y como sus bocas se devoraban.

En el templo dorado de Siddhartha se había detenido el tiempo. El tiempo, a veces, cuando se ama, se detiene porque no existe. El Dios Vishnú había puesto la mano sobre sus cabezas y les decía que se amasen, que llegasen casi a la perfección, y la perfección llega cuando el mundo no existe porque ya formas parte de los espíritus, si las manos que te aman te caminan sabiamente.

Aquel domingo de Marzo comenzaba a decir que se moría; y fueron tres pasos hasta la cama, doce pies sobre el suelo, doce espacios, doce huellas, y varios titubeos con las manos ocupadas. El cielo estaba allí no existía en otro lado, el cielo es tuyo, va sobre ti, y no dudes nunca de que el cielo siempre es hermoso.

Hubo un momento en que Mara asumió su pasividad. El domino es una forma irreverente de poseer lo que se ama, o lo que se odia. En el amor el dominio forma parte de la pasión, el dominado percibe y espera, el dominador reacciona e imagina como lo predispone el propio instinto. Y ese momento existió como existe la conjunción en el universo, como es la propia muerte terriblemente necesaria. Beatriz comenzó a amarla. Quizás la sujetó violentamente por sus manos, ese gesto demostrativo que te aplasta y te domina, te inmoviliza; y quizás le susurró, diciéndole: espérame espérame espérame.

El silencio tal vez no existe, ya lo sabes. Ni la perfección exacta. No existe el roce (cuánticamente nunca nos llegamos a tocar). Pero el amor sí existe, ya lo sabes, y compensa todo lo que Dios no nos ha querido dar.

Estuvo en cuclillas a dos palmos sobre su cara tan desnuda, y lentamente fue bajando hasta su boca. Mara veía su coño adornado por una quilla de negros pelos acercándose lentamente, muy suave muy suave, ella lo esperaba, y lo tuvo en su boca, y empezó a besarlo lentamente, y lo buscó sintiendo su sabor, su olor.
Si te aman con la boca y luego te besan te conoces. Y ellas estaban allí para descubrirse y conocerse.

Alguna vez existió un momento así; pero cuando amas de verdad empiezas a morirte.

Marzo estaba lleno de bruma y lluvia que era muy fina, y de nuevo se habían encontrado.
Esa era la segunda parte de la ceremonia de amantes.
A la tercera parte le llamaban el suicidio.

4 comentarios:

Poma dijo...

El amor como religión... o dejar de ser uno y sólo ser.

Kenit, GRACIAS ¡¡¡
( Por escribir, describir y sobre todo, ente cibernético..por SER.)Un Besuco de parte la Balbinuca.

KENIT dijo...

Otro ansí de grande para ti.

Anita Noire dijo...

:)

Bandada de palabras dijo...

Vaya talentazo!!