lunes, 3 de octubre de 2011

ESTO ES EL FIN.


Mi padre siempre me llevaba a ver la Super Bowl y luego a pescar truchas al río Navia. En la Super Bowl entrábamos al estadio por una espiral de hormigón que iba dando vueltas y vueltas; cuando llegábamos al vomitorio de la entrada del estadio yo casi estaba cansado. La ultima vez nos sentamos entre un rubio mofletudo con un chándal de color azul y una bandera de los eeuu muy llamativa sobre el pecho que ponía número dieciocho, al lado había una señora de Connecticut con un culo enorme y un chándal totalmente rojo y una gorra de visera larguísima toda bordada con un balón cosido y unas letras en amarillo que ponían xli; su gorra tenía forma de un melón enorme. Delante de nosotros había un calvo que tenía una cabeza en forma de esfera y unas espaldas en las que podría aterrizar un b52 .Todos comían enormes calderos de palomitas, perritos calientes, hamburguesas, trocitos de pollo asado; también había muchos del servicio secreto, con gafas negras que no comían nada. Mi padre era de los Pittsburgh Steelers, siempre decía que los de Dallas Cowboys eran unas mujercitas bordadoras. Si te digo la verdad, a mi no me daba más quién ganase, lo que me gustaba era el trofeo, aquel balón bañado en una especie de oro o plata que estaba lleno de puntadas por su panza. Siempre salíamos un poco antes de que el gentío se levantase y volvíamos a salir por aquella espiral abajo dando vueltas al revés. Luego íbamos al río Navia, mi padre siempre escogía una entrada de reguero con agua muy limpia que se despeñaba llena de espuma blanca y que se llamaba Peña Baja, pero que la gente le llamaba Pena Baja, (quizás alguien había tenido mucha pena allí). Siempre escogíamos un resalte que hacía el suelo en forma de silloncito entre piedras blanquecinas desgastadas en forma de huevo por el agua del río; detrás de nosotros había tres acebos con sus bolitas rojas, un roble desparramado, dos castaños aflorados con colgantitos amarillentos, un abedul con el tallo muy blanco lleno de pintitas negras que sonaba con el viento siseando, también había monte bajo de espliego, algún madroño, zarzales y xestales de flores amarillas y verde oscuro en las hojas finas y alargadas. Cuando llegábamos a casa olíamos a Ketchup y a mostaza y a patatas fritas y a cerveza de la Super Bowl y a truchas asalmonadas y a decantados pastosos con aromas de maderas secas de la orilla del río, y mi madre sabia que antes de pescar habíamos estado en la Super Bowol, y nos reñía, porque mi jersey de color gris claro muy zurcido y sobado llevaba restos rojizos de tomate y en la comisura de mis labios había dos puntitos de color amarillo de mostaza. Algunas veces me olía la boca y le olía a patatas fritas.
Mi padre lo primero que hacía era quitarse aquella gorra enorme que ponía Pittsburgh Steelers llena de rayitas rojas y estrellitas blancas sobre fondo azul, y luego sacaba las truchas de una cestita de mimbre y las dejaba en la artesa. Cuando las truchas se quedaban allí amontonadas en una fuente de aluminio se podían ver sus bocas destrozadas al sacarles el anzuelo, morir así debe ser horrible, pero yo no tenía la culpa de que fueran truchas asalmonadas y hubieran querido comer lo que nadie les mandaba.
En la Super Bowl, había tanta gente y tantos colores y tantos altavoces diciendo cosas que a mi algunas veces me daba miedo a que hubiese una estampida como de reses de ganado o búfalos furibundos, y le daba con el codo a mi padre y le decía, anda, papa, marchamos antes, ya ves que van a ganar las mujercitas del los Dallas Cowboys, vamos a pescar truchas, anda, esto ya sabemos como acabará, les llevan mucha ventaja. Y nos levantábamos y caminábamos un poco por aquella espiral de hormigón dejándonos llevar hacía abajo y en la misma salida aparecía el rio Navia, con aquel color de plata y aquella brisa tan fina y fresca que algunas veces daban ganas de quedarse allí y ser bosque y ser río, como en los cuentos de hadas.
Por la noche, mi madre cocinaba las truchas y les metía panceta de cerdo en la barriguita, y mi padre nos contaba todas las historias que habíamos pasado en la Super Bowl.

Mis hermanas ponían alguna vez música tipo surf de los The Beach Boys, y se arrobaban mientras bordaban el ajuar. Mi hermano Paulino ponía The Ronettes y yo sabía que se estaba haciendo una paja, algunas veces atronaba con un grupo nuevo que se llamaban los Rollins Stones. Mi tía Amalia se limpiaba las uñas con acetona escuchando a Joan Baez o a Janis Joplin que parecía que andaba estreñida. Otras cosas que sonaban mientras las truchas habrían la boca entre untaza de cerdo eran The Doors, y mi madre, con las manos así de callosas y retorcidas por el frío y el trabajo le daba por escuchar el amanerado sonido de la banda de Lou Reed, o aquellos sonidos afrutados y lentos de la discográfica Tamla Motown.
No faltaba la psicodelia a lo lsd en los atardeceres inmensos, cuando el sol hacía chiripitas, alguien tocaba una guitarra de aquellas antiquísimas del tipo Gibson, y después otros entraban atronando con una Lees Paul, pero si de verdad querías ver tocar bien una guitarra escuchabas a Jimi Hendrix como la acariciaba sobre la polla.

Y todo era así. Cada año una Super Bowl y casi todos los días bajar al río, a ver aquel inmenso color de plata, tan perdidos del mundo, mientras los americanos llenaban de dolor la selva asando guerrilleros del Viet Cong y un tal Jim Morrison componía una canción que fatalmente se llamaría: Esto es el Fin.

2 comentarios:

EDUARDO YAGÜE dijo...

Genial, extraordinaria mezcla, Kenit. Desconcertante, real e irreal.
Y sí.
This is the end, my only friend, the End.

Poma dijo...

Gran Morrison...
Tha's all Kenit.