martes, 11 de octubre de 2011

SACRIFICADO.

Me da que debo estar mirando al firmamento. Digo esto porque existe esa oscuridad de las noches sin luna, y, a ciencia cierta, no sé donde acaban las montañas y donde empieza el cielo. Lo único que tengo claro es que miro hacía poniente. Los que me trajeron hasta aquí dicen que este valle es sagrado, aunque desconozco las circunstancias de tales afirmaciones.
A mi me sujeta la mano una mujer aniñada de coletas rubias, y mi otra mano está en las de un anciano de barba descuidada y largas greñas blancas que le caen sobre los hombros. El círculo no sé dónde acaba. Nuestras caras se hacen visibles o quedan en la penumbra según se muevan las llamas de una hoguera que se encuentra en pleno centro, agitadas por la brisa, creando brumas azuladas que dejan el contorno con una extraña sensación fantasmagórica.
Desde mi posición puedo ver una especie de chamán levantando los brazos con las palmas estiradas hacía lo que sin duda es poniente. Distingo su indumentaria azulada y sus gestos moviendo en círculos los brazos, al mismo tiempo que grita una extraña oración. Por la oscuridad tan cerrada no podría calcular cuántos formamos el círculo.
Siento como la mujer que coge mi mano la aprieta de forma desigual, aflojándomela levemente, y volviendo apretarla al instante. Presiento que me quiere comunicar algo con aquel gesto, alguna señal que no llego a comprender.
Intentaba buscar la ciudad de donde procedía, pero el valle estaba más bajo que las colinas que lo circundaban. No había ninguna luz en la lejanía. De vez en cuando la mujer y el anciano tiraban de mis manos hacía arriba como si iniciasen un simbólico baile, yo me dejaba llevar como un autómata por sus leves impulsos.
Del fuego sólo quedaban unas brasas.
Cuando el día empezó a aparecer hubo un momento en que todo se quedó quieto, incluso la brisa. Los movimientos rítmicos cesaron quedándonos quietos con las manos caídas y entrelazadas por nuestros dedos. Ahora veía con cierta nitidez el círculo.
Era inmenso, casi no apreciaba toda su amplitud desde mi posición. Se empezaban a ver los contornos de las suaves colinas que nos rodeaban, eran de un negro volcánico, con una extraña simetría suavemente ondulada.
Vi que el chamán se acercaba caminando, portando una vasija cóncava hacía nuestra posición. Su andar era pausado y ceremonioso, caminaba levantando sus manos como si llevara un cáliz. Según se iba acercando descifré su cara afilada, su pose casi esquelética debajo de aquella túnica azul. Iba tocado con un pañuelo de seda que rodeaba su cuello. A unos metros de donde estaba el espacio que ocupábamos la mujer el anciano y yo, se quedó parado.
La mujer apretó mucho su mano contra mi mano, y supe que el primer elegido era yo.
Lo vi a unos palmos delante de mí con aquella barba blanca perfectamente recortada en el entorno de su boca, sus ojos hundidos de extraño brillo y llenos de excitación. Las palabras que dijo delante de mi eran ininteligibles. Ahora, también sentí la presión de la mano del anciano, su fuerza era casi de sujeción. El chamán acercó lentamente el cuenco hacía mis labios y abrí la boca tragando el primer sorbo.
Cuando mis rodillas fueron cediendo la claridad era inmensa. Un amplio sol nítidamente redondo se reflejaba recién salido sobre las negras colinas. Mis ojos ya casi cerrados pudieron aguantar su luz unos instantes. Luego, ingrávido, caí de bruces sintiendo un extraño dolor en mi estómago, como si una jauría de perros famélicos devorasen mis intestinos. Fue extraño percibir desde mi posición los pies descalzos de la mujer y del anciano. Oía aquellos cánticos que cada vez se fueron haciendo menos perceptibles.
Y hubo detrás de mis ojos otra oscuridad totalmente plena.
No cabía duda, había sido el primer sacrificado.


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