jueves, 15 de diciembre de 2011

ABSOLUTAMENTE GRATIFICANTE.


Natalia me había recomendado aquel psicoanalista. Me habló excelentemente de él, de su tranquila apariencia y de sus usos como especialista. Llevaba casi dos años acarreando aquellos síntomas que me hacían frágil y débil para la vida, con inestabilidad emocional y mucha ansiedad, que habían desembocado en los últimos días con temblores involuntarios de mi mano derecha. Después de haber visitado varios psiquiatras, su éxito no fue el adecuado, siempre a base de psicofármacos a dosis fuertes, que me hacían insensible a la existencia cotidiana.
Decidí acudir a la consulta de Héctor Arrainz, así ponía en su placa.
Cuando entré mi curiosidad fue absoluta, me sentí transportada a otra época. Era un despacho amplio que se encontraba en penumbra, decorado al estilo victoriano, con un balcón de ventanales abatibles, en donde colgaban dos grandes cortinas semiabiertas de un difuminado violeta. En el lado derecho había una gran biblioteca de caoba antigua, repleta de libros, y en un lateral dos butacones y una silla. Sobre su mesa desordenada, resaltaba una estatua de una diosa hecha de cartón piedra, que me miraba arropada por una serpiente. Cuando me pasaron a su consulta, lo vi detrás de su mesa tirado hacia atrás con una bata blanca, sobre una butaca con un amplio respaldo lleno de filigranas doradas. Me hizo un gesto, sin hablarme, y me senté frente a el. Comenzó a preguntarme lo que me pasaba.
No sé cuánto tiempo estuve hablando. El no me decía nada, me dejaba hablar y hablar sin interrumpirme. Cuando me cansé de hablar, después de un mínimo silencio. Le oí decir aquellas palabras: “Son síntomas claros de Histeria”. Ese término me sonaba a las épocas ancestrales de los vividores malditos. Pero él dijo la palabra. Comenzó describiendo las causas de mis síntomas, hablaba despacio, de forma concisa, dejando silencios cortos entre palabras resaltadas, era como algo aprendido, preparado, clerical, hipnotizante. Fue al final, cuando me propuso lo del masaje, describiéndome sus ventajas, la normalidad de hacerlo sin ninguna premisa moral ni personal. Tenía algo de persuasivo. Supo deshacer mis defensas emocionales, lo evaluaba como un hecho médico utilizado ancestralmente. Su acción parecía estar llena de secreto profesional. Ahora mismo, cuando describo esquemáticamente la visita, no sé por qué acepté. Entró en un cuartito anexo y salió secándose las manos. Cogió la silla vacía, se puso paralelo a mí, sentado en sentido contrario, y suavemente metió su mano entre mis piernas. Me buscó despacio... Al principio aprecié su dedo frió deslizarse, fue una sensación vergonzante, luego prosiguió suavemente. Por su forma de actuar y su ritmo comprendí que lo había hecho innumerables veces. Mientras me lo hacía, adoptaba una postura impasible mirando al frente, absorto, como si no estuviese en ese sitio, ajeno a la grotesca situación. Yo abrí totalmente las piernas. Pasarían unos cuatro minutos. No pude más. Se nublaron mis ojos y me doble bruscamente hacia adelante.
Tengo que decir que fue un orgasmo increíblemente largo, y absolutamente gratificante.

1 comentario:

Poma dijo...

Más ( gratificante) y rentable, si aprendió y despues practicó con un auto-masaje.

Buen finde Kenit.