martes, 13 de diciembre de 2011

EL MAR LO DEVUELVE TODO

Yo siempre pensaba que Febrero era distinto porque comíamos oricios. Padrino decía aquello de comerles las gónadas, y a mi me sonaba a los cojones de los oricios, pero las gónadas era aquella estrellita naranja oscura que había en su interior que cuando los partías con la navaja de un cuajo, la ibas sorbiendo como si fuera un huevo agujereado. Padrino comía los oricios como nadie, y nunca tuvo una mala indigestión. Los domingos bajábamos con las bicicletas y un remolquillo hasta el Franco, y luego a la playa de Porcia para subir despacio, como podíamos, hasta cerca de la punta de la Atalaya. De aquella teníamos todo el tiempo del mundo, y Padrino era un cachondo mental y los domingos muy largos.
A mi la playa de Porcia cuando estaba la marea baja me parecía algo de paisaje marciano, con aquella cantidad de roquedales tan anárquicos que sobresalían con la marea baja, rodeados de arena que era de un color pardo apagado, algo oscura, y muy maciza. Aquel domingo de febrero llevábamos bocadillos de tortilla y una buena bota de vino, y dos sacos de arpillera de aquellos que venían con las patatas cosecheras de Álava. La mañana era inmensamente azul y como estaba el mar con aquel color claro si mirabas al horizonte casi no se distinguía donde empezaba el mar y donde acababa el cielo.
Cuando empezamos a rastrear los roquedales Neto y yo íbamos delante, y Padrino un poco más atrás echando pestes por los que dejábamos por recoger, el oleaje no era intenso y cuando bajamos una quebradilla muy escarpada lo vimos allí flotando, con la cara hacía arriba de un blanco que asustaba, no tenía manos ni pies y su cabeza medio carcomida se agitaba al vaivén de las olas. Neto me miró sin decir palabra, y yo grité muy asustado: Padrino, ven; aquí hay un hombre muerto.
Si mirabas despacio había una suntuosa lejanía.

Sólo dijo: el mar lo devuelve todo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

יהודי מזוין