sábado, 24 de diciembre de 2011

NO SÉ CÓMO SE MIDE.



Lo más diminuto no puedes medirlo con la luz. La propia luz modifica su estado y por lo tanto su medida.
Las gambas de la sopa de pescado habían tenido una erección porque flotaban todas con el rabo pelado hacía arriba. Luego había trozos de merluza, puede ser que congrio, berberechos, y bastantes almejas con la rajita abierta, todo mezclado con abundante picante en unos platos decorados con flores azules que parecían moscas.

Yo a las almejas las cogía una a una y las chupaba mirando para mi cuñada Panchita que estaba frente a mí. Comíamos en la cocina y aquello era como un fumadero de opio; el abuelo Carlos, mis primos Romerito y Silvestre fumaban y comían a la vez.
A saber, estaban: Panchita, Silvestre, Carlos, Romerito, mi prima Victoria, mi hermano Inocencio, mi otra concuñada Bárbara con los dos niños Peluco y Nerina, la abuela Lucía, mi otro primo de Calatayud y su mujer Yola, y el hijo mayor Pedrito, mi otra hermana la divorciada, Marién mi hermana la pequeña, mis padres; y alguno más que me pierdo, éramos una montonera en la cena de Nochebuena.

La cocina es de esas antiguas muy espaciosa. En Sahechores las cocinas están en la planta baja. La cocina de la casa de mis padres daba a una huerta llena de berzales viejos y restos de nabos de otoño, estaba embarrotada con forjados y con varios tiestos de jacintos, unas enredaderas de pino y camelias que subían desde macetas atadas a un respaldadero anclado a la pared y apoyado sobre el suelo.

Pues eso.
La cocina era un hervidero. Las mujeres echaban una mano en todo, trajinaban. Panchita llevaba un mandil con rayado escocés de popeleín muy fino. Y cuando la veía levantarse me daba gusto mirarle los lacitos del mandil que se le caían sobre aquel culo tan espacioso y redondo, que imaginaba prieto y duro. Desde niños siempre me había gustado la Panchita, tenía unos ojos que parecían diamantes de ese color indefinido en los que parece que se ve el mar.

Habían puesto una barrica de tinto de Valdevimbre forrado con una cuña de madera sobre una esquinera al lado de una plancha de acero en donde unos quemadores de butano hacían dorarse costillares de cordero. Entre el humo del tabaco, los vapores del cocinado, el asado que se doraba (y el que nadie quería abrir la ventana por el frío), el ambiente tenía olor de matadero.

Después hubo guisado de carne con abundante guarnición, bien armado de patatas fritas, medallones de solomillo bañado con salsa que llevaba Oporto. Al final de todas las viandas creo que comíamos desordenadamente. En cada plato fuente había restos de costillares, patatas fritas y hebras de solomillo por donde el nervio. La barrica de tinto ya se le había puesto el forro por detrás para inclinarla, y empezaban a aparecer botellas de champán, turrón de las dos clases, polvorones, lagrimones de chocolate; y qué se yo.

Yo miraba para mi hermano Inocencio y mi cuñada Panchita que estaban allí como si por la mitad hubieran puesto una barrera invisible, quiero decir de indiferencia. Inocencio cocido como una cuba casi bebiendo el champán a morro cayéndosele chorreones de sudor por las mejillas con los ojos medio cerrados ya por la borrachera.

Y los niños que gateaban. Los niños con una pelota hecha de papel de periódico y cinta adhesiva, dándole por todos los pasillos.
La noche angustiosa sin aliento. La noche tiritando, poniéndose las hojas blancas.

A las cinco de la mañana nos lo habíamos bebido todo y acabamos con un café negro de puchero en cuencos de loza mezclado con una buena ración de orujo.

Cuando se prepara para amanecer en Sahechores aparece sobre el horizonte plano una leve raya de color azulado. Eso lo he visto muchas veces. Y ahora lo estaba viendo otra vez un poco más disimulado entre los visillos de la habitación de mi ventana.
Me levanté aletargado y fui al baño con esa pesadez que dan los excesos de licores y comida, es como si mi cabeza fuera una bola de rodamiento gigante. Cuando pasé de vuelta por delante de la habitación de mi hermano salían unos bramidos como si estuvieran apaleando a un oso que ya estuviese herido. Se me ocurrió entreabrir la puerta de la habitación y aprecié entre la penumbra que daba la luz del pasillo a Panchita con los ojos abiertos como puños (perdidos), o yo no sé cómo describirlos de tan tristes que parecían; pero no dormía. Entré muy despacio. Cuando estuve delante de ella me quedé mirándola unos segundos. Mi hermano dormía soplando sobre la pared. En esos instantes no meditas porque las miradas denotan un muto acuerdo. La destapé ligeramente. Ella me recibió como si estuviera inanimada. Son gestos de ese tipo. No me estorbaron sus bragas. Sentí la calentura de sus muslos, y la follé muy despacio, sin hacer ruido, cuando me corrí no solté ni un suave quejido, es eso que aprietas la boca.

Me fui como un zorro, y quizás en los ojos de Panchita quedaba mucha más tristeza, no me di la vuelta para mirar. Cuando pasé por delante de la cocina había un gran desorden existencial.
La luz empezaba por una rendija de la contraventana, era un leve rastro.
La tristeza no sé cómo se mide.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo has bordado, amigo. Soy de Barruelo. Eres muy bueno.
Manuel Alcaide

KENIT dijo...

Gracias, Manuel. Creo que eso queda cerca de Fontaneda. Me acuerdo que las galletas olían desde lejos.
Un saludo, y gracias por tu comentario.

Miguel Buján dijo...

Estoy convencido que es la propia tristeza la que nos mide a nosotros cuando nos entristecemos. O sea, que nos toma la medida y casi siempre certeramente. Hay casos en los que la tristeza nos arrasa. También la alegría es así de torquemada. Cuando un y otra se nos agolpan en un mismo tiempo y un lugar concreto, entonces, sin saber ni cómo ni por qué, te follas a tu cuñada frente al afanoso sueño de tu hermano y todo aquello carece de importancia pues no esiten los remordiemientos. Lo que en botánicamedicinal se denomina simiente de sinceridad.

Donde yo vivo también existen olores que parecen acapararlo todo e incitan sino al hambre, basicamente, sí a los recuerdos.


Un saludo, Kenit.