miércoles, 29 de febrero de 2012

OLOR.


Siempre queda un rastro indescriptible, con todas sus vueltas.
Sigues el olor, aprecias su significado, y te obsesionas.

Mi padre siempre follaba a mi madre sin calentarla primero, y ella vivía resignada. A pesar de todo salimos ocho hermanos, tres varones y cinco hembras. Mis dos últimas hermanas decían que no eran del mismo padre, pero nos quisimos igual. Mi padre cuando murió quedó muy natural. Le cruzaron las manos pero no le pusimos escapulario. Siempre nos decía que si lo quemábamos se nos aparecería. Lo quemamos y que yo sepa nunca se nos apareció del todo, que yo sepa aún del todo aparecido, a lo natural. Para aquella ya habíamos venido para Oviedo en el coche de línea, y a la gente que se moría ya se la podía quemar si estaban bien muertos. No sé si mi madre volvió a follar con otro, lo desconozco, no era de mucha mano. Estuvo de negro un año y medio, antes también había estado de negro, de negro o con ropa muy oscura, asombrada. Mi madre siempre me olía a alcanfor y a estiércol cuando pasaba caminando. El negro guarda el olor de las cosas y de las personas durante años, va una capa sobre otra capa, cada capa es un olor, todos están ahí, unas veces un olor, otras veces otro.
 
De Remigio rompió aguas en el prado de Eilao, al lado de un caroco de castaño. Por el rió Navia pasaba una gabarra remada por dos, cargada de corchos de alcornoque, y tallos de roble albardo. Les gritó desesperada, las voces iban al otro lado del río, y volvían; luego iban al otro lado otra vez y volvían hasta el silencio.
Mi hermana Piluca y mi hermana Claudia, las últimas, son rubias y se ponían la permanente. Piluca se casó con un capataz de la forestal, vive en Santander; y Claudia con un conductor de autobuses de Oviedo. En el pueblo se quedó, al principio, Remigio. Llegó a tener catorce vacas cabañesas y doce caballos de los chicos, de suelta, en las praderas de la Silva. Ahora trabaja de peón caminero en el ayuntamiento de Muñalen. Carmen la más gordita se casó en Zamora con un hojalatero. Anita la más risueña estuvo sirviendo en casa de unos abogados en León y luego se casó con uno de ellos por penalti; ahora ya no se ríe. Martita está separada, se casó con un marinero de Valdoviño fue muchos años pantalonera, ahora trabaja en una conservera del Ferrol. Vanesa, la más guapa de todas, está de puta en Madrid. Yo me casé en Gijón con Muriel, una mulata cubana, y creo que me pone los cuernos.
Vi a Muriel muy excitada. Excitada es poco, súper excitada; digo súperexcitada, lo más, nunca la había visto así. Me la había dejado así el garañoncito, que nunca acaba las cosas porque se va antes de tiempo, no que se marcha, que se va. Muriel me olía al Barón Dandy del de Muñalén, siempre le sobresale ese olor cuando espurre los ases de copas en el bar la Cabaña, a lo nudillos talentudos. Muriel cuando anda así desvaría, anda deshaciendo cosas para volver hacerlas, y me pone nervioso de tanta agitación. Me puso en la mesa el caldo de pita y el entrecot, cada vez que llegaba estaba aquel olor a colonia de lujo, se me acercaba y me lo daba su cara, debajo de su pelo. A la Muriel la entiendo cuando está inacabada, se le pone la cara de calentura, azorada de color carmesí sobre la piel oscura, suda, y todo lo toca aprisa como si no supiera lo que toca. Le dije cuando me puso las peras de agua: hoy Remigio no estuvo en la partida y nunca falta. No sabía si decírselo ahora y perderme la calentura, o romperle la cara después, o romperle la cara durante. El caso es que decidí follarla como andaba, no le metí ni mano, para qué, le desprendí de las bragas y la apreté contra los visillos de la ventana por atrás, y le aguanté, y le hice echar la grasita a la hija de la gran puta. No le dije nada, ni siquiera le di una hostia. El de Muñalén es mi hermano, más guapo que yo, pero es de un ábrete que me voy, muy breve. La Muriel es mucha mulata para un garañoncito de mierda.

Sí. Mi madre guardaba el olor de todos los hermanos en sus vestidos negros. Quedaron allí en sus vestidos negros cuando lo de mi padre. El polvo de mi padre quedó volando por los aerogeneradores de los montes de la Bobia y en los vestidos de mi madre.

Mi padre olía a polvo de huesos y a pana. Ahora yo huelo el aire y no huelo nada. Muriel algunas veces tiene restos de hierba en la comisura de los labios y huele a betún y a cabrón. Piluca tiene agujas de pino donde acaba su pelo sobre su frente. Claudia me huele a sudor de camisa con corbata negra. Carmen me huele a estaño pegado y a calle mojada de agua, a bronce, a oxido de fragua. Anita tiene la cara pálida y me huele a tabaco y a pan de escanda y a folios de papel, a tinta, a miedo, a uvas machacadas de Valdevimbre. Martita me huele a anchoas, aceite vegetal, a caballa. Vanesa me huele mucho a soledad y a ambientador de lavanda, a barra de labios, a sudor frió; a las cuatro de la mañana me huele a sobaco y me pongo triste. Yo huelo a vino tinto de Cariñena, a cebollas, a ajo, y desde hace un momento al Barón Dandy de mi hermano el Remigio.
Si me cago en la puta que parió a Remigio me cago en mi madre; entonces no me cago.

Creo que mi padre intentó aparecérseme ayer.
Lúgubremente. Era una sombra sobre un pedestal, a lo santo. Nunca supuse que el polvo pudiera juntarse otra vez para hacer una imagen deforme dentro de una rendija de penumbra.
Tengo que cogerme a Muriel para no tener miedo; pero me empieza a dar asco, me huele a mi hermano.





3 comentarios:

BRUXINA dijo...

El vino por el color, el pan por el olor y todo por el sabor.

KENIT dijo...

Eres certera, Bruxa. Gracias por leerme.
Un abrazo.

goab dijo...

Bravo, una vez más, me quedo leyendo aquí.