domingo, 4 de marzo de 2012

CONMIGO.



Sólo eres lo más inmediato de un pensamiento.
Al final de toda una vida te define el último impulso.
Nunca sabrás, después de muchas cábalas, cuál será la última palabra que pase por tu mente.
Tampoco le  podrás decir a nadie,
cuál fue la última vocal, pensada, antes de tu muerte.

Me quedo aquí sentado porque tengo que sentir algo. Ah, sí; creo que sí, tienes que sentir algo. Llevo tiempo esperando a que se abra el paso a nivel y no paro el motor de mi coche. Los pasos a nivel son circunstanciales, tienen algo de laberinto, son dos maniobras a izquierda y derecha, ingeniosamente vertiginosas, y te cuelas, quizás sientas los pitidos si alguien está esperando detrás de ti, pero sabes que no son para salvarte la vida, en realidad se está cagando en tú puta madre porque eres un cara y has pasado, con un par huevos, y ellos se ha quedado allí dentro de aquella aburrida ceremonia.

El día es de esos que invitan a la nostalgia, es el tararín tararín de la radio, y un cielo que lleva dos días con una chapela gris puesta al revés, el pirulin es una nube pechugona con pretensiones de ciclón eyector, me imagino que al Arcángel san Gabriel le están arrasando el huerto de hortalizas, los aires deben ir girando hacía arriba, hacía el azul, porque aquí no se mueve ni una brizna.

Me viene aquella sensación de que tengo que hacer algo para alegrarme el día. Creo que sí. Detrás de mi hay cuatro coches más esperando, y un camioncito de reparto de esos que cargan cervezas como si llevaran una caja en forma de vestíbulo con cortinones laterales, a lo teatro guiñol. Frente a mí hay otros tantos esperando, una girola roja dando vueltas y vueltas, y ese tin tin tin de campana hueca que me dice que no pases que no pases que no pases que no pases; si lo musiqueas un poco dice así: que no pases que no pases que no pases, y te suena a eso.

Al fondo donde las vías parecen que se juntan pero no se juntan se vislumbra aquella maquinota con una luz blanca brillando como un sol que se acerca a toda velocidad. Debe ser un mercancías inmenso cargado de bobinas de hierro y tanques color butano. Me imagino eso, porque a ciencia cierta no sé si es un tren de pasajeros llenos de nostalgia.

Lo veo allí, a unos veinte metros pegando aquel bocinazo que tiene forma de lanza puntiaguda, pero no se ve (no quiero verlo); es como una saeta que rebota contra mis oídos. Y lo medito, y me doy aquella alegría porque me quiero asesinar, y piso el acelerador y meto la primera a toda leche, y doy tres volantazos izquierda derecha izquierda, y en mis oídos siento aquel rugir de pistones diesel y como un frenar largo y estruendoso que chirría a metal herido, mientras como una centella me alejo por la calle Salmerón abajo, presintiendo bocinazos e insultos, porque allí quedaron aquellos capullos esperando a que pasase el tren, y el asesino que va dentro de mí aún no ha podido acabar conmigo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Medita antes de hacerlo.
Te deseo antes...
¿? (...)

BRUXINA dijo...

buenos dias :) es buena la entrada jajaja... un abrazo Sr Kenit

KENIT dijo...

Un abrazo. Gracias.

JOAQUIN DOLDAN dijo...

pero habrá que cuidarse