sábado, 24 de marzo de 2012

SIESTA.


Cuando me mirabas tus ojos parecía que proyectaban una de Disney en Cinemascope (Mickey Mouse y su compinche Donald Duck). Así de grandes eran con tantas chirivitas. Fuera quería llover porque la primavera estaba harta de tostar la tierra, y los vapores del calor subían como humos de fábrica de cemento, con aquel olor a tierra amasada sin agua. Ese olor también lo tienen los caminos polvorientos, ya lo conoces. Y nosotros estábamos fuera, y es como si estuviésemos viéndonos también tras los cristales. Son las ventajas de lo mágico. Pero no sabíamos desde qué parte de la galería llena de enredaderas de pino y flores de azucenas nos observábamos a nosotros mismos. A eso de las tres de la tarde, después de comernos un melón entero así de grande como un balón de rugby, estirábamos las piernas para que no pasase nada, el respaldo eran dos robles que tenían tallo de mujer diabólica. Alguna abeja volaba hacía el trabajo. Los pájaros que se marchaban habían venido del otro lado del río, y descansaban por si acaso no hubiese otros árboles tan altos. Querían redactar un cuento para niños, por eso se juntaban.
Hubo un momento que te vi tendida sobre una toalla. Me dabas la espalda. El viento cruzaba de un lado al otro y agitaba el somier de hierba. Tú espalda es como un portaviones de grande. Tú espalda es como un refugio de trinchera y me apetece ponerme detrás de ti para que no me vea el miedo. Allí sobre nosotros está la casa vieja que una vez fue blanca, un pajar y algo de humo por la chimenea. La quise dibujar otra vez. Ya sabes como es eso: con dos pájaros de verde, y las volutas de humo con azul como una firma, el tejado son dos trazos inclinados, y hay un animal que ahora no recuerdo, y aunque es de día y tiene un sol, le pongo también una luna y estrellas por si acaso. Otras veces también hubo un horno y muchos rosales y yedra que lo ahorcaba todo para sujetarlo, trepando disimuladamente como un ciempiés.
Veo bajar a la abuela cojeando. Tengo miedo a que caiga y empiece a dar vueltas como un puercoespín. Tan gordita y buena. Es como una bola de amor. Cuando llegue aquí le diré que se siente. Ella también vino del otro mundo. Los tres estamos aquí y nadie más sabe que queremos dormir la siesta.

3 comentarios:

goab dijo...

delicia.

Abrazo

KENIT dijo...

Un abrazo. Goab.

La abuela frescotona dijo...

hermoso, bucólico y lleno de ternura, todo un paraíso, saludos Kenit




te invito a conocer mi blog que LECHUZA RUBOROSA, desde el 2009 que no escribo en ,el, pronto lo seguiré, gracias