miércoles, 3 de octubre de 2012

POST MERÍDIEM



La lagartija, partida en dos, moviéndose las dos partes. La lagartija sin cola en línea recta sin timón. La larga colita dando tumbos algunas veces avanzaba. La larga vara de avellano con un leve rastro de sangre fría esperando la decisión. La parte de la lagartija que tenía cabeza y vida, impulsando la cola unos metros sobre la hojarasca, esperando que sus movimientos fueran a menos, como así fueron a mucho menos, hasta que casi no fueron nada, en un gesto curvo su espera.

Lo abandoné todo y proseguí. Yo veía el sol en todo posado, y apreciaba las sombras en todo lo que estaba a merced del sol. De una forma u otra la ladera era entorno a un monte descarnado a veces, otras veces lleno de brezos con insectos de muchas clases, haciendo volanderas sobre flores del color del vino.
No sabía que había salido de dónde. Ahora lo recuerdo. No sabía si subir o bajar o ir hacía los lados, no sabía si al tomar una dirección cualquiera retornaría al lugar original. La larga caminata. La larga mañana. La larga sombra que iba delante de mi, inexplicable, cómo podía ir ahí, en caso de ir.

Vi más animales todos con sus vidas. Incluso una serpiente atravesando el camino ondulándose con la cabecita levantada. La larga cola en sí vadeando entre pedruscos gastados de losa y la polvorienta tierra de color de la cal oscura, y algunas piedras como el cristal de trasparentes. La serpiente sabiéndolo que era un trecho peligroso sin maleza a la intemperie. Quizás en su agitada marcha se dio cuenta, los ojos a sus lados en la cabecita triangular. La larga vara certera con tres golpes proporcionados y herméticos, quiero decir, secos en el sentido de la decisión de partirla en dos. Cuatro fueron al final. La cabeza y dos palmos a un lado, la cola y un palmo al otro. Ahora eran un baile, no sabían qué hacer, ambas se enroscaban sin ningún sentido. La ladera estaba lejos para ellas, la cola y la cabeza no podían vivir la una sin la otra. Los movimientos fueron decreciendo. En mi observación percibí un movimiento no armónico, hacía los lados, luego pensé que era el silencio, pero ya habían acabado su larga agonía una sin la otra.

Habiendo dudado, me imaginé que empezaba ahora. Quiero decir que empezaba todo ahora. Es esa sensación de que antes no estabas, ni hacía un momento si quiera estabas. Por eso lo digo.

Puedo decirlo con cierta garantía de acertar: estaba subiendo. El camino amplio algunas veces, se estrechaba otras tantas veces. Podría encontrarme en cualquier lugar de la montaña próxima a no sé dónde. Sabía de sobra que buscar dos existencias de una sola era posible. Demostrado con un ciempiés que huía hacia una piedra plana retocada en su día por un picachón en forma de rueda. Y antes de que entrase en su oscuridad, pude ponerle el pico de mi vara sobre su columna vertebral, con tanta suerte que eran simétricas las dos partes. Y allí otra vez el fenómeno. Habría por un lado cuarenta y ocho pies y por el otro cincuenta y dos pies. Aquí las cosas no cambiaron en la separación de las dos existencias, si en la forma; las dos partes se enroscaban sobre si mismas como haciendo un nudo. Y cómo fue el final semejante a todos los finales. Con paroxismo las patitas agitándose en un principio con mucha fuerza, y luego decayendo hacía la nada, en su movimiento.

Habiendo llegado al convencimiento experimental de que en un mismo ser existen dos vidas. Miré al cielo omnipotente mientras meaba sobre una maleza de zarzales. Todo esto lo hacía al cielo de poniente en su larga presentación de nubes entrelazadas, figuras llenas de anarquía a las que trataba de poner cierto orden.

Era indudable que estaba subiendo, lo notaba en mi intima gravedad, yo estaba pesado dentro de mi. Pude comprobar el desfiladero en dos vueltas más, pudieran haber sido unas cuatro vueltas más, ahora con una gran concentración de robles y abedules, con sus hojas en un pulcro marrón claro sobre sus ramas. El desfiladero llegaba a una profundidad inexplicable y era muy ágil en verticalidad, como si alguien de gran poder hubiera erosionado las rocas para hacerla tan extrañamente plana y recta. El precipicio en si daba miedo, lo digo en el sentido de que debería tener miedo cuando me asomé a comprobar hasta dónde. No tenía esa sensación humana. Estaba dispuesto a comprobar si científicamente podríamos vivir en cada una de nuestras partes separadas. Lo primero que hice fue soltar mi vara de avellano. Cayó pacientemente, vadeando ahora, de lado ahora, en vertical ahora, no pude apreciar el final, todo era muy profundo.

Había otro horizonte cuando estaba pensando. Nada que ver con el de antes, las nubes eran un desfile de hermosas clarividencias, en el sentido del más allá, invitaban a suponer. Intenté recordar el motivo de mi excursión, de dónde había salido, dónde estaba, si debía regresar, si debía sentarme a contemplar la divinidad del infinito, si me esperaba alguien en algún lugar. Todo eso lo pensaba de pie en el más estricto equilibrio estable, en el borde de una roca en forma de grupa. No sé. Pudo haber sido el viento o el ansia de saber. Me precipité a las 12 horas. 20 mn. 32 seg, P.M.

1 comentario:

BRUXINA dijo...

Se veia venir.. lss 12.20.32 digo...
Buen relato sr kenit.
Besin de bruxina