viernes, 23 de noviembre de 2012

ES UNA GUARRADA.




Tengo una prótesis de cadera, dos puntadas en el promontorio del isquion. Doce fistulas interesfinterianas, sin abuso de terceros. Por decir algo para este medio poema.
No me vengas con vaginitis. Apriétame. Sácame la leche.
Otros vivos se encaminan sin tropiezos.
Marchar, no. Mejor quedarse. Ninguna aventura baldía, nada.
¿Cuántos instantes antes del silencio total?
¿Toda reflexión implica pararse para pensar?
Paseate con el dedo por todos los acontecimientos recientes, no encontrarás uno saludable.
Y por qué todo aquí entre mis manos, sin poder hacer nada, hablando y hablando. Hablándome.
Antes de ayer estaba en la misma posición, y ayer. No sé en qué tiempo debo decir amor.
Las pequeñas pausas me desconciertan. Cómo van a proseguir después. Con qué tema.
A veces me quedaba en la cocina después de tomarme un café con leche, la radio puesta y la cabeza entre las manos, y los codos apoyados en el mármol de la mesa.
Me daba que pensar, un día más, por la gracia del espíritu santo.
Yo era un bohemio a eso de las ocho de la mañana con las zapatillas puestas y la luz de la ventana de refilón a la espalda.
Otras veces cruzaba las manos sobre el culo e iba y venía por distancias infinitesimales, lo que ocupa un pensamiento y otro dentro del salón comedor.
Yo predije que la tierra daba vueltas y nadie me hizo caso, que si el el sol salia por la salita se ponía por la cocina, y que había dos hemisferios uno encima del aparador, otro sobre el calentador del gas.
A veces te esperaba aún, ese ruido que hacías de no acertar a la primera en la cerradura.
Y mientras descubría la ley de la gravedad se derramaron dos tazas de leche como una lengua alargada sobre un borde.
Siempre el mismo murmullo. En ocasiones como una sola palabra sin fin que no sé de dónde viene.
Me viene y me viene por los siglos de los siglos.
Que hermoso es quedarse abrazado cuando ella está encima, después de todo, ella respirando, y apretándote con su culo ahí. Dios, qué gusto.
Pero no suena la llave sin acertar.
A veces me quedo esperando horas y horas hasta que el sol está sobre el techo del pasillo a medio día.
A veces pienso que no se deberían dar tantos besos, ni acariciar con los dedos los labios.
Tal día como hoy he de pensar en un largo viaje, por encima de todo, un viaje lleno de aventuras.
Bajar hasta el tercero, sin miedo, estaría bien.
A través de algún hueco estuvo el amanecer según bajaba.
Programada la vuelta, todo ese run run en mi cabeza.
Por favor, ven a sacarme la leche.
¿Esto último es el pensamiento justo, o es una guarrada?

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