miércoles, 8 de enero de 2014

SIN NINGÚN FIN.




No era suficiente. A mi no me bastaba levantarme sin nada qué hacer, y estar dando vueltas mientras ella se tomaba el café y un pastelito. Luego se iba. Me asomaba a la ventana y la veía caminar de aquella forma, hasta que su cabeza se perdía en la esquina de la calle.

Mi mujer se había ido a su trabajo diario, como cualquier persona muy decente.

Mi ceremonia para visitar a la otra era cada dos días, cuando se llenaban mis testículos, debido a mi edad un tanto senil el llenado era lento. Hacía tiempo que el semen no me salía con forma de lombriz o ciempiés.

Poner en orden cualquier cosa es sacarla de su situación ideal. Al poco rato la cosa está neurasténica e insoportable, no puede vivir la cosa. Por eso yo me duchaba cada tres días. Y en situación ideal me sentaba en el videt y con agua fría me limpiaba el glande y el culo, a lo sumo con un poco de jabón, y la toalla para secarme una y otra vez por la barriga, ingles y demás.
Luego, unas gotas de perfume.
Mi polla olía a una granja de visones.

Subía al tercero por las escaleras, siempre un grandioso camión de cerveza con unas lonas enormes allí aparcado. Olía a pan y a un poco de pescado, y de los árboles hojas de ese color a miércoles de ceniza.

El sortilegio era que la puerta se abría sola a eso de las once de la mañana, y comenzaba el protocolo sin muchas pausas. Yo arrodillado sobre una alfombra con ornamentos orientales. Abrirle la bata, bajarle las bragas y ver su coño desarreglado oliendo a jabón reciente, con aquellas gotitas de perfume también. Era muy bestia la cosa. Sin presumir como si tuviese un hambre de cuatro días.
Comer a bocados. Su coño se volvía de reseco a suave. Mi lengua no sé hasta dónde le llegaba. Si fuera la del diablo se la sacaría por el culo.

El día que ella por algún motivo intestinal tuvo aquel desarreglo, casi sin darme cuenta de aquel olor a levadura y aquella humedad en mi boca. Bajaba por sus piernas. Hilitos de sabor ocre, un tanto afrutado, como a roble. Caca enorme que cogía sin saberlo con mi boca y lubricaba al fin su mucosa de histérica. Todo quedó como un cuadro más que moderno. Refocilado.

Tuvo que ser en primavera cuando le dije que la amaba. Yo no tenía nada ya que hacer cuando ella se iba a trabajar, las hojas seguían creciendo, la vida seguía. A veces los niños con su griterío, imbéciles siempre, ya con depresión y llenos de manías.
Siempre cuando bajaba tomaba un café sólo, estando muy sólo en La Solana.
Aquel día me dijeron que tenía algo de mierda en la boca.

No sé si sabes cómo huele la tierra.
No sé si sabes cómo hueles tú por dentro.
Los mataderos.
Las guerras.


En el espejo pude verme. A veces bastaba una mirada para comprender que estaba sólo. Siempre esperando a que llegara la noche, sin ningún fin.

3 comentarios:

Miquel dijo...

El final de la narración es un final que nos ha sucedido creo que a todos. A todos los que nos ponemos a pensar, digo.
Salut

Kenit Folio dijo...

Saludos, Miquel.

Marián dijo...

Quizás Dios haya pensado en todo eso sin romanticismos...

Todos los infiernos que hay están en este.

Un saludito.