martes, 25 de marzo de 2014

PACHARÁN.





En el informe.
Parte de el escrito por un puño tembloroso.
No quebrantada la luz. Ningún vértigo.
Sabía que hasta allí llegaría su sombra. Más allá sólo una pared blanca.

Este paciente se llamaba Aniceto Loirán Expósito. Con cincuenta y tres años. De mediana estatura, enjuto, con ojos escarbados, de espaldas anchas y ligeramente caídas. Con leve andar catatónico, dado a la ceremonia a la hora de avanzar. Vestía siempre muy bien.
Paradógicamente muy pulcro con su higiene personal
Fue ingresado por su alcoholismo crónico. Un año antes había sido expulsado de Alcohólicos Anónimos (A A). Tenía una capacidad innata para la persuasión. A las dos horas de haber dicho: ...me llamo Aniceto Loirán Expósito, y soy alcohólico..., había logrado que los diez compañeros presentes y el terapeuta cogieran una gran borrachera a base de apacharán, bebido compulsivamente chupando a través del irrellenable de la botella, como si fueran amamantados como bebés.

En cuatro pruebas diferentes después de lo de A A, había accedido a un sanatorio especializado en Alcohólicos Crónicos (A C), con los mismos resultados, intensa borrachera con Anís del Mono de ocho pacientes, dos médicos internistas y cuatro enfermeras.
Tenía la particularidad de ver acciones antiéticas en cualquier amigo o familiar, incluso conocidos cercanos, lo que le obligaba a beber compulsivamente con el fin de atreverse a persuadirles para enmendar su conducta.
Con su esposa, una mujer abnegada y paciente, de fuertes convicciones religiosas, había comenzado a experimentar raras excentricidades en la intimidad, pidiéndole con insistencia, en sus estados de intoxicación etílica, ir a la bañera para practicar lluvias plateadas y doradas, siempre que ella tuviera reservorio en su vejiga o intestinos.

Había empezado a beber tres días después de la toma de la isla de Perejil por el ejercito español.

Aunque siempre decía que nunca había tenido muchos problemas para controlar su hábito, hasta ocho días antes de su ingreso en un Hospital General (H G), por un diagnóstico de hipotiroidismo. Coincidiendo con esta dolencia comenzó a sufrir alucinaciones durante unos cinco días . Se decía a si mismo y a los demás que era artillero durante la toma de la Isla de Perejil. Escondido en cualquier esquina, detrás del aparellaje médico, incluso arrastradose por el suelo, siempre con posturas bélicas de ataque o defensa, de toda índole guerrillera– como resultado de su descontrol hubo que atarlo varias veces en la cama con camisa de fuerza-.
Está anotado en su historial que por aquel tiempo se presentaba con una tarjeta que entre otras cosas
ponía: Sargento de Primera, Veterano mutilado de la toma de la Isla Perejil.

En los dos años siguientes, después de varias recaídas fue ingresado varias veces en A C , sin buenos resultados.

Una de sus costumbres preferidas era beber en casa asomado a una ventana que daba al patio de luces, con el atardecer marcado sobre los tejados. La mayoría de las veces aburrido y agresivo, solía llamar pedorras y soputonas a las vecinas, mientras arrojaba la botella de pacharán vacía a la solera del patio con el consiguiente alboroto.

El atardecer mientras tanto, compasivo, casi sin colores se iba sobre los tejados.
Aquella sombra, inquebrantable, siempre llegaba hasta allí ya próximos al equinocio.

De buena educación en la consciencia de su propio yo. Había cursado sus estudios en el Arcángel San Gabriel de la Calle Puértolas, con los salesianos. Obteniendo al terminar su profesión de archivador una buena posición profesional, ya que era de gran competencia y responsabilidad en épocas de vigilia alcohólica.

Tenía muchos amigos, pero casi nunca tendía a tener confidencias con ninguno. Nunca trataba de ser sociable. Se apreciaban en él evidentes muestras de conflictos internos, con mucha propensión a estados ansiosos que era incapaz de reprimir. Paradójicamente a veces se desvivía hasta la saciedad en su proselitismo persuasorio. Muy voluble.

Le gustaba permanecer en casa los días festivos, no era proclive a sacar a la familia a actos sociales. Se ensoñaba largas horas tirado en el sofá del salón comedor antes de coger su botella de pacharán y succionarla como un niño a la teta materna. Incapaz de pasear al lado del mar, -creo que lo odiaba-, no era dificultoso detectarle sus tendencias agarofóbicas en tales estados de proximidad a la infinitud del horizonte, con una tendencia obsesiva al síndrome del mástil que iba a desaparecer para nunca jamás, con sus muecas en la cara, rígido el cuerpo, sin querer mirar hacía aquel punto lejano que se difuminaba.
También le perturbaba la limitación de lo pequeño dentro de su entorno. El campo con su extenso paisaje, sus seres diminutos. La soledad y el porvenir de una hormiguita cargada con una hoja gigante, perdida, sin saber a dónde ir entre la tortuosidad de su camino lleno de obstáculos, sin ver más allá de unos pequeños pedruscos que para su mundo eran gigantescos roquedales.
Semejante al síndrome de aquel ser descrito por Cajal en un cuento, que por un prodigio podía ver a simple vista lo que un microscopio ampliaba con cientos de aumentos. Ser que en su horrorosa locura moría contorsionándose entre la más extraña de de las agitaciones.


Nunca admitía su propia insuficiencia. Nunca delegó en sus esposa los quehaceres que tenían cierta responsabilidad en el hogar. Quehaceres que para él eran insuperables la mayor parte de las veces, llenos de ceremonias de la suerte antes de su inicio en un bucle interminable que lo imposibilitaba.

En A C, siempre expresaba su deseo de dejar la bebida. En estados de vigilia alcohólica su sensibilidad e intelectos estaban intactos. Como ya dije muy lábil emocionalmente, aunque algo nervioso, irascible y trémulo. A pesar de todo siempre intentaba ser participativo y cooperar.

Para él las salas del hospital estaban llenas de rutinas. Se hacía notar con los demás internos como superior a los demás pacientes. En su último ingreso de dos semanas estuvo más calmado. Era propenso a ver todos los días los atardeceres de agosto. Se quedaba hierático, inmóvil como una estatua hacia poniente observando el cambio de color que tomaba el cielo sobre los tejados hasta que llegaba la oscuridad más absoluta, teniendo entonces que ser obligado por las enfermeras a retornar a su sala.

Cuando finalmente exigió que se le diese de alta, contrariando la opinión del personal médico, no existía ni las más mínima evidencia de que hubiese logrado alguna autocognición en su situación de cómo dejar de beber.

Fue la décima salida de A C.

Era ese día el diecisiete de agosto, con leve viento de levante. Día claro con un fuerte azul.
Aniceto caminó de nuevo por la senda empedrada guardada por sauces llorones que daba a la puerta principal. Iba cogido del brazo por su esposa Maite.
No estaba con los sentidos en ninguna parte, no era feliz, pero tampoco estaba triste.
Llevaba aún aquel ansia por chupar y sentir de nuevo el dulzor del pacharán en su boca.


Por el mismo borde
llegará la oscuridad
para aquel que cree recordar
el rumor de los ríos de su infancia.



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