viernes, 6 de febrero de 2015

TREN.



Esto era un día, después de mucho tiempo. Te voy a contar cómo llegué allí con todos ellos hablando en mi cabeza para poder pensar tranquilo.

Aquel poema lo había hecho mientras esperaba
partía de una figura exacta y quieta recortada en el horizonte
y llevaba todo el dolor que te puedas imaginar.
Los poemas así sólo se piensan,
palabras con nombres
nombres y nombres que suenan a versos.

Cinco años antes había llegado a la puerta. Aún la recuerdo, de dos hojas que se abrían a la mitad, la de abajo debía de permanecer casi siempre cerrada, la de arriba abierta para la ventilación. Llegar hasta allí fue relativamente fácil en el sentido de que sólo era caminar dando dos vueltas en zigzag para acabar en un tramo recto que te llevaba a la casa. Las vías del tren pasaban por la parte posterior, y cada veinte minutos aproximadamente transitaba un mercancías o un tren de pasajeros, y siempre aquel pitido que empezaba en la lejanía, que se acercaba y se alejaba con diferente tono, como si la vibración se disipase al alejarse y se concentrase al acercarse.
Poco después estuve mirando por una ventana. Era usual en mi ver el camino por el que había llegado, reflexionaba cómo habría podido caminar tanto, cómo habría podido llegar hasta allí por aquel sendero lleno de tortuosidad, cómo habría podido guiarme por aquella senda cinco años antes.
De todas formas me acordaba como si fuera ahora mismo el primer silbido en la lejanía, sus fluctuaciones al acercarse, cuando ya estaba cerca como un chasquido, y luego el sosiego y su particularidad al alejarse hasta una suavidad casi infinita para entrar en un intervalo de casi silencio, sólo la brisa al agitar las hojas de los abedules que crecían en el entorno.
No sé cuánto.
A veces pienso que aquel día el sonido empezó muy lejos. Y pude adivinar por su tono que era un mercancías. Puesto de pie con la cara vuelta a la ventana que daba a las vías. Había calculado con cierta dificultad la distancia desde una robusta viga larguera hasta un caldero de zinc emborcado sobre una mesa blanca y hule azul. En qué instante fue de ahora mismo en que procuré aquella coincidencia, el silbido en la lejanía acercándose, el calculo previo de mi balanceo, para que entre todo el estruendo con aquella probabilidad cumplida, mis ojos se cerrasen sobre mi boca abierta.

Y nunca más.

Es cierto que nada quedó. Sólo aquella brisa empujada que puedes describir, si te apetece, llamándola silencio.


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