domingo, 3 de mayo de 2015

PALABRAS DICHAS POR LOS INFIELES EN SU DESESPERACIÓN.



SI ME PREGUNTARA  A  QUÉ LUGAR TENGO QUE VOLVER, ME ATERRARÍA. ¿SERÉ CAPAZ DE ALIMENTARME? Y LO QUE ES MÁS IMPORTANTE ¿PODRÉ EXCRETAR LOS ALIMENTOS QUE TOME POR MI BOCA?
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Que tanto ahora te llamo para que vengas. Que estés aquí otra vez es una noticia agradable. Sentir que has llegado por tan sólo poder oler tu fragancia y ese tufillo que dejas a los fondos del armario, donde vive el ángel malo.
Te vestirás dignamente alguna vez, no pondrás perfume sobre perfume. Aún no lo sé. Cómo te huele eso por donde más transpiras. Tienes aires de desgana. Aún debo olerlo cuando pases por enésima vez.
Sabes que mi imposibilidad para deglutir no me impide besar. Cómo has de posarte hoy sobre mi estómago haciendo círculos con el dedo. Desde el nacimiento de nuestro hijo fue esa sensación de obstrucción en la garganta que me impide el paso de los alimentos, antes los sólidos, ahora cualquier clase de papilla, preveo que pronto los líquidos, no sé si debo pensar en los sentimientos como algo imposible de triturar también.
Posiblemente debas llevar a cabo tus amenazas. Qué hago tanto tiempo aquí en esta misma posición. Sólo pensamientos, sólo pensamientos en creciente desorden hasta la vorágine. 
Estuve haciendo el recorrido de los lugares y tú no podrás descubrirlo jamás. Medité toda la noche qué huecos serían inalcanzables para tu imaginación. Lo último fueron tus pendientes en forma de perla despellejada a lo cutre. Lo supondrás inverosímil en ese hueco que tiene la pata del taquillón de la entrada, apoyado en el suelo pasarás por ese lugar  en tu desesperación.
Qué ideas peculiares de ti he tenido toda mi vida. Todas las palabras acentuadas que me has dicho, con ese énfasis imperativo y seco, cómo las discrimino con las de cierta ternura, exceptuando exclamaciones de dolor. Yo tampoco estoy, y no estoy, te veo por una leve rendija pasar desesperada, primero tu sombra, luego tú, tus voces de que te falta el tiempo, esa sensación absurda de irte sin pulseras, y toda esa chatarra que te cuelgas como si fueras una zíngara.
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Desde aquí la vida es muy simple, de vez en cuando una gota de agua y el olor a jabón y los estropajos. Qué tanto ahora si te llamo cuando ya creo que te has ido. ¿Sabrás que quedo aquí escondido en el estómago de mi madre?.
¿Volverá amenazante a sacarme de este lugar donde no siento apenas dolor? ¿Te han dicho ya si debo nacer a las seis de la tarde cuando estés de regreso?

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