lunes, 29 de febrero de 2016

TIMÓN.



Oh, vida. Te me haces eterna pero sé que no es así.

Acabo de reclamar la vuelta de una ración de churros y tardaron como cinco minutos en devolverme cuarenta céntimos de euro. Si tiraran ese aceite del bol que los refrié por las murallas de Dubrovnik nunca serían conquistadas. El aceite de girasol tiene esa bondad en las quemaduras que tardan años luz en curar.
A estas horas de la mañana del lunes les da por poner dos gardenias de Machin y qué sé yo. Por la barra se comen el chocolate a puñados, y hay como una nostalgia entre lo que parece el primer roció de una mañana de casi marzo.

No sé bien por qué designios me fui con la bragueta abierta.

Te mueves por las calles con azúcar en la boca y sacas la lengua y te lames. Los árboles han crecido dos palmos esta noche, y todo son figuras geométricas y errores de paralaje.
Tengo la impresión de que llevo un barco por la calle y que en el timón voy yo dando tumbos, y algo me escuece en la barriga.
Debo vomitar en la esquina de novedades Eloina mucha coca cola y restos de una pastillita de Superman disueltos. La cosa no fue a mayores, me he quedado con los churros en el estómago y los cuarenta céntimos que llevo aquí.

Cómo adivinar que soy yo.
Qué será del amor si un día se paran las levas y tus dedos no notan la diferencia.
De qué vivirán nuestros corazones sin nada que consumir. ¿Saltarán por los aires?





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