jueves, 26 de mayo de 2016

HIERBA.



No puedo describirte la niebla que baja para posarse tan leve, los primeros claros de azul por donde brilla el sol, y ese sonido que no acierto a describir.

En Mayo, a eso de las once de la mañana, la hierba tiene muchas gotas de rocío. Si la miras de frente cuando el sol la alumbra por detrás, ves infinitas gotitas brillar en diferentes tonalidades. Algunas soportan la inclinación de la luz reflejando un diminuto arco iris. Ahora mismo las veo así, delante de mí. Mi guadaña se abre y se cierra y va segando suavemente una senda de casi dos metros de ancho, dejando solo un puño desde la raíz. A mi lado se van depositando flores y flores, tallos verdes de hojas, infinidad de colores caídos desordenadamente. Cuando descanso apoyado sobre el talón del mango, veo el monte lleno de brezo amplio y grande, desgastado sobre el horizonte con una tonalidad morada. Yo siego y siego absorto, recogiendo la brisa sobre mi cara, y me siento tranquilo y a gusto, mientras lejos de mí, observo un azor planeando que busca su caza. Pienso en la perfección de la vida para que exista la muerte como una simple alimaña. Yo siego y siego, y sobre mi guadaña se marcan rastros de clorofila verde. Porque es Mayo, a eso de las once de la mañana, y no importa qué color tiene la sangre.

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