jueves, 29 de diciembre de 2016

TRIGO.




Qué cosas tan guarras le hacía como desnudarla con los ojos ingenuos, o jugar al escondite para poder abrazarla detrás de los almacenes de trigo.

Tu no sabes lo que es una lluvia de trigo.
O una torrentera de trigo.
Como el trigo se desplaza en forma de coletas como si fuera el agua.

Todos los años, al final de la paradoja del tiempo, me doy una vuelta por allí. Sigue allí aquel tubo largo en forma de cilindro enseñando sus tripas llenas de ladrillos entre brezos y maleza como si fuera una columna de Hércules que sujeta el cielo. Si te digo la verdad aún germina el trigo después de cuarenta años, lo ves con ese encorvado que se eleva con su carguita de grano. Y me viene el recuerdo de aquella tarde allí escondidos, jugando a que nos encontrábamos cuando por un designio mágico aquella puerta cedió a tanto posible pan nuestro y dejó aquel hueco entre tablas rotas y el trigo cayó y cayó sobre nuestras cabezas como si fuera la lluvia del gran ser inexistente y mágico.

Al final del tiempo puede decirse un treinta y uno con un cielo muy azul.

Ella.
No sé en qué lugar del cielo por decir algo. O de la tierra.

Ves.
Lo dicho.

Por ahí nacerá un grano. Te lo juro.

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