lunes, 12 de diciembre de 2016

POCHONA.




La Pochona que se ponía unos tules azules en la cabeza al puro estilo kufiyyas , y era como una bola de la palanca del cambio, gordita, redondita, neumática a veces, con sólo tres marchas. Le decía, llego y me hueles a tres años de distancia y además ya lo se desde el cuarto lo que me vas a decir cuando entre a este infierno, ya lo sabía,sí, como si hubiera sucedido y no sucedido a la vez. Un día le quise hacer lo que le hicieron al pobre gato de Schrödinger, y era muy por la mañana de un día caluroso de agosto cuando lo pensé, aún tengo el día aquí como si se me viniese todo subido de tono aquel día. La Pocha con sus geranios en el quicio de la ventana conyugal, sin una puta cuerda que los sujetase, se lo había dicho el día de Santa Germana Cousin, pedorrona, ponles algo, vas a matar al Pixoto -llamado el Bígaros-, de la Rondona, que estaba sembrando serrín todo el puto día en la puerta de la sidrería mordiendo un puro en la boca, ná, ná,ná, por aquí me entra pero no me sale por aquí, se volvía sorda. Y el olor a potito. Otra vez al entrar estaba dándole la papilla a la Pentona con sus ochenta y siete tacos, haciéndole arrumacos con el arroz con leche o las papas de maíz con torreznos de cerdo piedrain. Lo de Schrödinger me lo imaginé a la siesta del domingo, era ese día caluroso que ya viví, después de haberla montado entrándola entre las bragas y la raja del choto, de lado con insidia, entre toda aquella pelambrera maloliente un ya tá de tantos y tantos ya ta y ta y me fullo too pa ti, como podría hacerlo como lo de aquel gato que estaba vivo y muerto a la vez sin dejar huella, cómo, y sin una miagada siquiera en su caja de cartón que ponía pañales Moli Med absorbe más de una sola vez.
-Un dejavi, uisss, un dejavi.
El día que el viento de la canícula hizo aquella rolleta y levantó el tiesto un dedo del mármol , cómo saber, cómo intuir, cuando se la estaba sacando a la Pochona, que el tiesto bajaba desenfrenado hacía la Rondona, y el Pixoto estaba muerto y vivo a la vez en aquel mismo y preciso instante, el segundo trescientos ochenta y ocho. Cómo procurárselo a ella lo del caso de Schrödinger -un teórico perturbado-, para disimular que aún estaba viva cuando le quité la almohada de la cara, y el espíritu azulado del sidrero pasaba delante de mi ventana diciéndome adiós con las manos, mientras la Pocha parecía sonreírme como si aún estuviera viva o puede que muriéndose a la vez.

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