miércoles, 11 de enero de 2017

CAFÉ.


Una vez que estaba allí me arrascaba aquella parte del cuerpo que me picaba, a veces con gran insistencia hasta dejarlo rojo como una cereza. Había zonas de mi cuerpo que no alcanzaba para las que utilizaba un alambre encorvado con cierto contenido de acero que lo hacía rígido y punzante.
A veces con los pedos salía cierta masa viscosa muy maloliente que se adivinaba a distancia de mi y que alejaba a las cuidadoras para dejarse el muerto al turno entrante. Pocas veces alguna disciplinada se acercaba. Aquello se convertía en un verdadero poso denso y extraño de olores de muchas tonalidades variopintas.
Mi consuelo era la ventana siempre abierta hubiese calor o frío, ver como se agitaba una palmera blandiendo sus ramas desordenadamente, y las palomas que se posaban para atusarse o quedar cluecas o hinchadas sobre los ramajes que según la dirección del viento a veces se elevaban como para saludarme.
Me tocaba la polla insistentemente. Era como si volviese a mi niñez. De vez en cuando una incipiente erección acudía a mi lo que me permitía rozar el glande ligeramente hinchado con mis uñas, descubriendo cierto placer, incluso excitando mi imaginación.
Lo peor era la noche con aquel intenso olor y mi agitación por lo que parecía ser el inicio de una yaga sobre mis espaldas como si fuera a redimirme, y aquellas hijas de puta paseándose con su jolgorio por el pasillo y a veces un olor a café que me llegaba y removía viejos recuerdos de aquellas épocas cuando había existido cierta sensación de amor.

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